EDITORIAL

Como portero de comisaría

miércoles, 17 de abril de 2019 · 04:54

El incidente sería solo una anécdota si no fuese porque al revuelo lo provocaron autoridades del Ministerio de Educación, a las que debe exigírseles una capacidad de criterio más amplia que a los efectivos policiales que controlan los ingresos a las comisarías. 

El hecho en cuestión ocurrió el lunes en horas de la tarde en el pabellón 14 del CAPE, donde funciona la Dirección de Modalidades Educativas, en ocasión de una asamblea para opción de horas cátedra. Según el testimonio de los docentes que se encontraban presentes en el acto, las autoridades de esa repartición pretendieron prohibirle a un profesor que participara porque se vestía de manera “indecorosa”. Cualquier desprevenido podría interpretar que el docente se presentó en calzoncillos o con short y ojotas. En realidad, la vestimenta indigna para un acto de estas características, según la particular interpretación de los funcionarios ministeriales, estaba conformada por una remera, una bermuda de vestir y sandalias cerradas. 

Siguiendo el mismo criterio, Gabriel García Márquez, que gustaba usar sandalias, no hubiese podido dar una conferencia en Catamarca, o los sacerdotes franciscanos oficiar misa. Indecoroso el escritor e indecoroso los curitas.

Además de la pretensión de impedirle participar de la opción de horas cátedra, las autoridades tuvieron la mala idea de exponerlo públicamente delante del resto de los docentes, que, contrariamente a lo que esperaban los censores de la vestimenta, respaldaron mayoritariamente al profesor discriminado, que finalmente pudo participar del acto.

Perfectamente se le podría haber sugerido al docente, que era la primera vez que concurría a una actividad de esta índole, que en la próxima ocasión evite ese tipo de indumentaria. Pero la alternativa elegida fue impedirle participar de la actividad y reprenderlo públicamente.

La actitud de los funcionarios de juzgar a las personas por las apariencias, se asemeja a la de los policías que ofician de porteros de comisarías y deciden quiénes ingresan a las comisarías y quiénes no, según cómo vayan vestidos, como si, por ejemplo, portar pantalones cortos en una tórrida siesta de enero fuese argumento suficiente para impedirle a una persona denunciar que ha sido víctima de un delito. 

Como se señaló más arriba, un funcionario de Educación debería tener la suficiente amplitud de criterios como para saber discriminar lo que es importante de lo accesorio. En todo caso, el Ministerio podría dar indicaciones de cómo deben presentarse los docentes a dictar clases a los alumnos en los establecimientos educativos de su jurisdicción, pero no parece adecuado impedirle conseguir horas cátedras –es decir, un trabajo con el cual ganarse la vida a través de la profesión para que se la capacitó- por portar bermudas de vestir. 

Lo que no debería haber pasado de un consejo a futuro para un profesor que concurrió con vestimenta no convencional, terminó en un escándalo que empezó en el CAPE y siguió ayer todo el día en las redes sociales.
En momentos en que la Educación padece graves problemas de calidad, infraestructura y organización en general, detenerse a analizar conceptos altamente subjetivos como el “decoro” en las vestimentas de los docentes y polemizar sobre ellos es un verdadero despropósito.

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