EDITORIAL

El desafío de la basura

viernes, 15 de marzo de 2019 · 04:00

Algunos de los desafíos virales que se han extendido en los últimos tiempos por todo el mundo son, además de meros entretenimientos, bastante absurdos y dirigidos a personas que están pendientes permanentemente de las redes sociales: el desafío de tirarle una feta de queso a un niño en la cara, el de bailar con el auto en movimiento, imitar a algún personaje animado o esconderse de las mascotas detrás de una manta.

Sin embargo, la popularización de estos desafíos comenzó con uno de carácter educativo que, planteando un reto bastante desagradable e incluso peligroso (arrojarse un balde de agua helada), lo que se proponía era generar conciencia sobre una enfermedad grave como es la Esclerosis Lateral Amiotrófica.

El desafío viral del momento es, también, muy diferente de los frívolos que solo sirven de entretenimiento. Se trata del “Trashtag Challenge”, algo así como “El desafío de la basura”, que alienta a personas de cualquier parte del mundo a buscar un lugar público con mucha basura, recogerla y compartir fotografías de cómo estaba el lugar antes y después de la tarea realizada.

La iniciativa bien podría aplicarse con rigor en Catamarca (algunos ya han comenzado a hacerlo, según se aprecia en publicaciones de las redes sociales), una provincia en la que algunos espacios públicos suelen dejar mucho que desear en materia de higiene.

Las plazas de mayor concurrencia en San Fernando del Valle de Catamarca, particularmente las que han sido remodeladas en los últimos años –la 25 de Mayo, el Paseo General Navarro y la Virgen del Valle- mantienen un buen aspecto porque hay una intervención permanente de trabajadores que las dejan en condiciones. Que la basura de las plazas sea recogida permanentemente contribuye a que los ciudadanos que allí concurren eviten tirar desechos fuera de los canastos destinados a tal fin.

Como contrapartida, en las plazas de la periferia, que tienen poca o nula atención municipal, la mugre se enseñorea y las personas que las frecuentan, al verlas sucias, tienen menos conciencia de la higiene y no tienen mayores contradicciones en arrojar desechos en cualquier lado. Según parece, hay conductas ciudadanas que se corresponden con el contexto. Extraños casos que seguramente tendrá explicación psicológica por parte de especialistas.
Hay otros espacios públicos del entorno que no tienen habitualmente un buen aspecto y a los que bien les vendrían ciudadanos dispuestos a plegarse al desafío de la basura que crece a nivel internacional. Por ejemplo, la zona de El Jumeal, o de Las Pirquitas, circuitos turísticos del Valle Central.

De todos modos, más eficaz que juntar la basura en esos lugares, sería no ensuciarlos. Y el Estado en sus distintos niveles tiene la responsabilidad de, además de limpiarlos, promover campañas de concientización al respecto y, si éstas no prosperan lo esperado, hacer cumplir las normas que prevén multas para los que arrojan basura en los lugares no autorizados. Ése sería el “desafío de la basura” estatal.

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