Editorial

Vínculos rotos

El drama de los chicos que son adictos y que, por la situación de marginalidad en la que viven...
miércoles, 11 de diciembre de 2019 · 02:09

El drama de los chicos que son adictos y que, por la situación de marginalidad en la que viven, están el conflicto con la ley sistemáticamente, no es un problema individual de cada niño o adolescente en esa situación, ni siquiera de su entorno afectivo o grupo familiar. Es un problema del que debe hacerse cargo toda la sociedad, que por cierto los trata bastante mal.
En un país en que la pobreza alcanzó, en el tercer trimestre de 2019, al 40 por ciento de la población, los niños y adolescentes son, proporcionalmente, más pobres que el promedio general: seis de cada diez integrantes de este grupo etario viven en hogares que no tienen ingresos suficientes para cubrir las necesidades básicas. En no pocos casos, y esto es lo más grave, los chicos ni siquiera tienen un hogar de referencia. Viven en situación de calle, expuestos a graves peligros y con carencias materiales y afectivas que condicionan el resto de sus vidas.
El Ancasti aborda permanentemente los problemas que deben afrontar los sectores de la infancia más vulnerados. En su edición del lunes, contó la historia de “Juan Diego”, nombre de fantasía que se utiliza para preservar su identidad, un adolescente de 14 años que a los 10 años comenzó a consumir pegamento. Dejó la escuela y ni siquiera pudo terminar la escuela primaria. En la Justicia es conocido porque ha cometido varios delitos menores, aunque por su edad, es inimputable. Pero, además, tiene un consumo problemático de drogas. 
La familia no puede contenerlo, según reconoce su madre. La Justicia Penal sanciona por los delitos que se cometen y, en casos como el de Juan Diego, a lo sumo puede ordenar su reinserción social. Otros organismos del Estado pueden contenerlo temporalmente, pero no de manera indefinida. El Estado, aseveran algunos funcionarios, no puede criar a los chicos. Pero las familias tampoco, por razones de índole económica u otras incapacidades. La madre lo explica con sus propias palabras: “Se me fue de las manos. No me hace caso. Lo matan o mata a alguien”, alerta, con impotencia. Y añade: “No quiero verlo muerto. Todos los días va la Policía; hay reclamos. Todo el día está en la calle. Pido la internación para que se rehabilite y así poder salvarlo”.
La perspectiva de los  chicos que están en esa situación es angustiante. Los adultos que conforman el entorno afectivo de los niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad no pueden resolver sus vidas, acosados por sus propias carencias. La realidad es que no solo a la familia “se le va de las manos”. También al Estado, que no siempre tiene los recursos adecuados, ni materiales ni humanos, para dar respuestas apropiadas al drama que viven. Los vínculos de esos chicos, entonces, están rotos.
Aún suponiendo que las perspectivas económicas mejoren, recomponer el tejido social lleva mucho tiempo. Elaborar estrategias de contención que afronten con eficacia estos problemas acuciantes es un desafío de difícil cumplimento, pero el esfuerzo debe hacerse para posibilitarle a los chicos el futuro del que ahora carecen.n


 

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