Editorial

Contraste al pie de la Virgen

domingo, 1 de diciembre de 2019 · 02:03

Hubo el viernes, durante la tradicional Bajada de la Virgen del Valle, un fuerte contraste. Por un lado, la emoción popular, miles de personas que renovaron como cada año, pero en esta oportunidad con mayor énfasis porque las festividades se enmarcan en los actos por los 400 años de la aparición de la imagen en la Gruta de Choya, la devoción mariana tan característica de la mayoría de los catamarqueños. Mujeres, hombres y niños que se volcaron a las calles para acompañar el recorrido de la imagen y testimoniar su amor incondicional. Gestos amables, llenos de ternura. Manos que acarician, pañuelos que saludan, corazones que laten con fuerza.

Por el otro, el gesto adusto del Obispo Luis Urbanc durante su mensaje a los fieles, sus palabras inculpadoras, su tono admonitorio. Oportunista, aprovechando el escenario multitudinario –miles de personas en la calle y miles siguiendo el acontecimiento a través de los medios de comunicación y las redes sociales- introdujo en su alocución esa construcción teórica desarrollada por los sectores más conservadores de la Iglesia, y que por cierto muchos cristianos no comparten, a la que han denominado “ideología de género”. “Si hay algo que es verdaderamente contrario al Espíritu de Dios es la pujante ideología de género que arteramente se fue introduciendo en la hodierna cultura”, señaló en una parte de su alocución.

Para algunos sectores conservadores de la Iglesia Católica, y también para otros evangélicos, el rechazo a “la ideología de género” –y no la lucha contra la pobreza, la exclusión, la desigualdad, la corrupción, los abusos sexuales- se ha convertido en la razón de ser de su cruzada moderna. El problema es que muchos de los componentes de lo denominada “ideología de género” son aspectos de la libertad individual de las personas y derechos reconocidos legalmente en casi todo el mundo y particularmente en la Argentina. Es respetable que cada persona tenga su posición personal respecto de la diversidad sexual o de género, y es saludable que se debata sobre estos temas, por lo que no es encuadrable en los rígidos límites del fundamentalismo doctrinario. Porque si fuese encuadrable, ¿Qué debería hacer la Iglesia con los millones de cristianos que no creen en esa construcción teórica de la “ideología de género” y sí, en cambio, en las libertades individuales y los derechos reconocidos incluso a través de normas sancionadas mediante los poderes del Estado a través de los mecanismos de la Democracia?
Muchas de las controversias en torno a estos temas estarían seguramente saldadas si se cumpliese acabadamente la Ley de Educación Sexual Integral, a la que los grupos religiosos más retrógrados se oponen sistemáticamente.

Por más que los obispos proclamen desde sus púlpitos la guerra a la “ideología de género”, el mundo de la diversidad sexual y de género seguirá estando allí, entre la gente, y muchos de los que creen en esos principios de la diversidad como factores de tolerancia e igualdad, agitando sus pañuelos para saludar a la Madre del Valle. 

 

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