EDITORIAL

El traspaso abrió una inusitada polémica

martes, 19 de noviembre de 2019 · 02:03

Si bien no sorprende, era de esperar que un acto que es, en esencia, estrictamente formal estuviera al margen de los vedetismos y mezquindades de la política. Que no fuera más que un evento institucional y digno de madurez democrática.
Se trata del traspaso del mando y de la entrega de los atributos presidenciales del presidente saliente, Mauricio Macri, al presidente entrante, Alberto Fernández, una ceremonia que está regulada a medias por la Constitución nacional. 

Hace unos días, Macri recibió de parte del secretario general de la Presidencia, Fernando De Andreis, la propuesta de reiterar el mismo protocolo que siguieron Raúl Alfonsín en 1989 y Carlos Menem una década después, para que la entrega del bastón y la banda presidencial se lleve a cabo en la Casa Rosada. 

La Carta Magna establece que el nuevo jefe del Ejecutivo nacional debe jurar en el Congreso, sin embargo no aclara acerca del bastón y la banda presidencial. Según la tradición, la ceremonia protocolar siempre se hizo en La Rosada. Fue Néstor Kirchner, en 2007, el primero en cambiar ese procedimiento y hacer el traspaso en el Congreso, cuando asumió su esposa, Cristina Fernández.

El cronograma presentado a Macri, a menos de un mes del traspaso, prevé que la jura de Alberto Fernández y Cristina Fernández se realice en el Congreso. La vicepresidenta electa toma juramento y se hace cargo de la Asamblea Legislativa en reemplazo de Gabriela Michetti. Y posteriormente, ya en funciones, invita al Presidente electo a jurar y ocupar el cargo.
Al cabo de ese acto, la intención es que el flamante jefe de Estado se dirija a Casa Rosada para recibir los atributos de manos de Macri en el Salón Blanco. Luego Macri se despediría en la explanada y Fernández reingresaría al salón para tomar juramento a sus ministros. 

Pero desde el entorno del Presidente electo ya dejaron trascender que él tiene otros planes para el 10 de diciembre. Su idea es que todo se lleve adelante en el mismo Congreso; que allí vaya Macri a entregar los atributos y que luego Fernández se dirija en auto por avenida de Mayo hasta Casa Rosada, ya vacía de los actuales ocupantes, para tomarles juramento a sus ministros. Y luego el esperado discurso desde el balcón que da a Plaza de Mayo. 

El principal punto de conflicto es que nadie garantiza a Macri que los palcos de la Cámara de Diputados no se conviertan en tribunas desde donde lluevan insultos y cánticos de simpatizantes peronistas contra él, en lo que podría terminar en una despedida humillante y, en verdad, vergonzosa para la vida institucional del país. 

Ya lo fue en 2015, cuando Cristina Fernández se rehusó a hacer el traspaso del mando a Macri y se retiró de la Casa Rosada dejando los atributos presidenciales en manos del escribano. “Todo Cambiemos quería esa foto mía entregándole el mando a Macri porque no era cualquier otro presidente. Era Cristina, era la ‘yegua’, la soberbia, la autoritaria, la populista en un acto de rendición”, lo explicó luego en su libro “Sinceramente”.

En rigor, el traspaso de mando y la entrega de los atributos presidenciales no solo debería una ceremonia pura y exclusivamente protocolar, sino un ejemplo de civismo y de buena praxis democrática. El país está demasiado castigado por la crisis económica y la división social como para insistir con la crispación.

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