EL MIRADOR POLÍTICO

Guerra declarada en la transición

domingo, 10 de noviembre de 2019 · 02:05

El sentido del ataque al Concejo Deliberante capitalino capitaneado por el secretario general del Sindicato de Obreros y Empleados Municipales, Walter Arévalo, debe deducirse en el contexto de la transición en la Intendencia desde Raúl Jalil, que pasará en menos de un mes a la Casa de Gobierno, a Gustavo Saadi, diputado nacional que asumirá el mando de la comuna.
Entre el funcionariato y los entenados oficialistas, la euforia por el rotundo triunfo obtenido el 27 de octubre fue sucedida por la incertidumbre por el destino a corto y mediano plazo y las consecuentes angustias existenciales. Las tensiones propias de todo cambio en la morfología del poder, aún cuando se produzcan al influjo de figuras del mismo equipo, venían solapadas, sublimadas, hasta el estallido municipal.
Son estructuras enormes, conformadas y afirmadas durante 8 años, cuyos miembros enfrentan a incógnitas en torno al comportamiento que seguirán Jalil y Saadi en sus nuevos roles una vez que Lucía Corpacci y su manto protector emigren al Congreso.
A pesar de sus poses de rebelde indómito, Arévalo forma parte de tales estructuras y le debe su incorporación a la casta política contra la que despotrica. La imagen que postula ante la sociedad es una mistificación.
Accedió a la conducción del SOEM Capital luego de una intervención, tras elecciones en las que corrió contra el intervenido Justo “Alo” Barros en calidad de caballo del comisario, cobijado por Jalil y el interventor designado por la Confederación de Obreros y Empleados Municipales, Diego Caffarena.
Además, el municipio puso el dinero para salvar al SOEM de la quiebra y los remates. Vale decir: parte del patrimonio municipal se destinó a rescatar la institución desde la que esta encumbrada parodia de Espartaco dispara improperios y toma de rehenes a los vecinos capitalinos.

Dime de lo que alardeas…
El afianzamiento de Arévalo como dirigente sindical se superpone a los de Jalil y Corpacci en el plano político. Sus cíclicos estallidos, salvo en el muy específico caso del plus médico, que tenía otras motivaciones, fueron neutralizados con concesiones a partir de las cuales fue armando dentro del organigrama municipal lo que podría denominarse “arevalismo”, sector que colocó funcionarios y logró ascensos y recategorizaciones por fuera de los procedimientos reglamentarios que tanto cuestiona.
La brutal irrupción del sindicalista en la escena de la transición no obedece a su inquietud por los precarizados, ni a la indignación moral por los pases a planta permanente. Estas aflicciones, con las que pretendió legitimar el desborde del jueves en la Peatonal, no están planteadas, ni siquiera insinuadas, entre los justificativos del paro al que convocó para el martes. El reclamo se centra en supuestos malestares en el área de Protección Ciudadana, en cuya órbita gira la Dirección de Tránsito y donde concentra la mayor cantidad de acólitos. Exige la renuncia del secretario Juan Zelarayán, a menos de un mes del traspaso de mando.
“Que se pierdan los cargos por el culo”, vociferó poéticamente en la arenga previa a desatar la violencia el jueves. “No le debo nada a los políticos”, subrayó.
Dime de lo que alardeas y te diré de qué careces: su ascenso estuvo atado a decisiones políticas de la patronal municipal, no a las heroicas luchas que menea. Su Sierra Maestra personal fueron el Municipio y la burocracia sindical. Parecido al Che Guevara. Todas las decisiones políticas lo beneficiaron, ninguna lo perjudicó.
Como le debe todo a los políticos, teme que en la transición los cargos y canonjías que obtuvo en ocho años de armoniosas relaciones con ellos se le esfumen.
Como a cualquier administrador o punto índice, lo que lo atormenta es el tipo de relación que establecerá con el sucesor de Jalil, la interrupción de una inercia en la que se movió más que cómodo.
Lo del jueves fue, en el fondo, un sincericidio.

Statu quo
Arévalo no persigue revoluciones y ni reivindicaciones para los trabajadores, como proclama. Quiere mantener el “statu quo”. Extorsiona antes de la largada para sentarse en la mesa de negociaciones de la transición, meter la cuchara en las reestructuraciones de personal y garantizar la permanencia de sus tropas en el organigrama, a salvo de la pechadera de enroques entre corpaccistas, jalilistas y saadistas. En definitiva, condicionar el esquema consagrado por las urnas, aunque el “arevalismo”, tras mucho amagar, no presentara ni un candidato a concejal.
Aspira a que el futuro intendente se someta a su lógica de chantajes sistemáticos y lo acepte como interlocutor en tales términos.
Saadi leyó bien el movimiento. Se trata de una declaración de guerra.
La semana resultó esclarecedora para los futuros gobernantes. Expuso con nitidez algunos de los principales problemas que los acecharán en cuanto asuman. En el caso de Jalil, es la raquítica licencia social para la actividad minera. En el de Saadi, Arévalo y su prepotencia.
En la agenda del intendente electo, establecer una relación razonable con el sindicato municipal ocupa un casillero central. Bajo Arévalo, la extorsión permanente se materializó en la captura de los vecinos de la Capital como rehenes, privándolos de la prestación de servicios esenciales, fundamentalmente de la recolección de residuos.

Brazos indispensables
Para poner en caja al SOEM, con o sin Arévalo, Saadi necesitará que el aplastante respaldo electoral que logró se traduzca en apoyo de los capitalinos a su gestión en tal pelea.
Está visto hasta donde está dispuesto a llegar Arévalo y cuáles son sus móviles, muy alejados de los altruistas objetivos que expone.
La eficacia de la política municipal para cercarlo dependerá en gran medida de la voluntad que los vecinos tengan para soportar las eventuales incomodidades de la disputa, como podría ser que el personaje decida convertir la ciudad en un muladar, como ya ha hecho en otras oportunidades. Si Saadi tiene que abonar costos políticos por enfrentar a Arévalo, su margen de maniobra se reducirá significativamente.
El resultado no será otro que arraigar la precaria situación de los capitalinos en la condición de prisioneros de un diseño sindical violento y mafioso, carente de todo justificativo: los municipales de la Capital son los agentes estatales mejor pagos de la Provincia, incluidos los de la administración gubernamental. Es notable que la agresividad de Arévalo fue creciendo pese a esta ostensible ventaja salarial de sus representados sobre el resto de la administración pública.
El otro factor determinante en el enfrentamiento, complementario a lo que pueda hacer la gestión Saadi, es la Justicia.
El ataque al Concejo Deliberante, con la carga contra la Policía, quedó documentado en imágenes que se sumarán a los expedientes de las denuncias penales que radicaron las autoridades de esta institución y del Ejecutivo Municipal luego del estallido. La actitud que asuma el Poder Judicial en el caso específico orientará sobre su posición general en el conflicto: o contribuye a los esfuerzos tendientes a refrenar al deschavetado Arévalo, un energúmeno, o lo avala con la impunidad.
Difícil tal vez. Pero simple.

 

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