|| CARA Y CRUZ ||

Esperando al mesías

viernes, 1 de noviembre de 2019 · 02:12

Al radicalismo catamarqueño no le quedó siquiera el consuelo del macrismo, al que la atropellada entre las primarias y la definición del 27 de noviembre, aunque insuficiente para forzar segunda vuelta, le alcanzó para continuar gravitando y soñar con una pronta recuperación. 

No se trata de la abismal distancia que le sacó el peronismo traccionado por Raúl Jalil y Lucía Corpacci, o de haber sido aplastado nada menos que por un Saadi en la Capital, distrito donde, aún en la derrota, siempre logró desempeños dignos. Lo más grave para la afición boinablanca es la orfandad devenida de la indigencia dirigencial.

Era previsible que el desastre precipitara recriminaciones sobre el senador nacional Oscar Castillo, armador del esquema de candidaturas vencido. Sus responsabilidades son incontrastables, pero una evaluación ajustada de la situación de la UCR y de lo que supo ser el FCS requiere más profundidad que el descargo de culpas.

La oferta que Juntos para el Cambio surgió de un proceso iniciado en las internas partidarias radicales de 2018, cuya resolución no precisó de urnas porque la alternativa a la propuesta castillista, detrás de la cual jugaban el exgobernador y actual diputado nacional Eduardo Brizuela del Moral y el exintendente de la Capital Ricardo Guzmán, fue descalificada por defectos formales. 
Castillo la dejó afuera, rezongan los anticastillistas y acaso sea cierto. Tanto, como que ninguna reacción política más consistente que una conferencia de prensa, de la que ni Brizuela del Moral ni Guzmán participaron, se alzó ante esta presunta proscripción.
Luego vinieron las PASO de este año para definir las candidaturas. El anticastillismo tampoco empinó listas para competir contra la confeccionada por Castillo, ni tampoco aparecieron Brizuela del Moral y Guzmán.

Si los candidatos estuvieron o no a la altura de las circunstancias ya lo determinarán los miembros de Juntos para el Cambio, particularmente los radicales. 

Sobre la cuestión de fondo, la pregunta adecuada no pasa por el tamaño de la malignidad de Castillo. Más interesante, y productivo, sería quizás preguntarse por qué fue Castillo, y no otro, el que armó. El diseño opositor habrá sido bueno, malo o regular, pero ¿había otro dirigente en la UCR en condiciones de armar uno mejor? 

No es posible inferirlo de los precedentes inmediatos, pues nadie armó eficazmente contra Castillo ni en la interna partidaria ni en las PASO. Si hay que creerle a sus enemigos, el senador “no tiene nada”. Un verdadero misterio: si no tiene nada, cómo es que nadie lo desplaza en el liderazgo interno.

Por supuesto, tal liderazgo ha sido inoperante para ganarle al peronismo, pero es lícito plantear quién lo suplantaría con mejor suerte.

A esta altura de la soireè, si algo de lo que se puede estar seguro es de que Castillo no se entregará. De modo que a sus adversarios no le queda más alternativa que derrotarlo, en el terreno interno o por afuera, con otro esquema.
Pasa que esto resulta bastante más arduo que cobijarse bajo el ala de un peso pesado ya instalado que asegure ubicaciones expectantes en las listas sábana.

En política, y la historia es lo suficientemente ilustrativa al respecto, no hay derecho a exigir lo que no se ha ganado. Aunque a nadie pueden impedírsele las catarsis verbales, es lícito preguntarse si serían tan acervas si los disconformes hubieran sido incluidos, por el dedo de Castillo o de cualquier otro jerarca, en la lista de diputados. Como hubo primarias entre radicales en varios circuitos, no se entiende por qué algunos de los disconformes no trataron de traducir pretensiones en hechos en ellas.
Hay referentes muy valiosos y con proyección en la UCR. Es una lástima que sus acciones se circunscriban a esperar un mesías que los catapulte. 

La saliva necesita combinarse con otros insumos para conducir al poder.

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