EDITORIAL

Secuelas irreversibles

miércoles, 9 de octubre de 2019 · 02:00

Desde una perspectiva macro, las crisis económicas generan consecuencias sociales difíciles de revertir. En lo micro, es decir, en lo que respecta a las historias individuales o de determinados grupos de alta vulnerabilidad, muchas de esas secuelas son directamente irreversibles.

La pobreza, que en los últimos cuatro años se disparó más de siete puntos porcentuales, puede disminuir con políticas activas de crecimiento de la economía y eficaces medidas redistributivas; y la desocupación puede reducirse otra vez si hay una reactivación que incluya la generación de puestos de trabajo. Pero la agudización y prolongación de la crisis produce, en la vida de los individuos, impactos de carácter definitivo.
Estas derivaciones inevitables se advierten con mucha nitidez en Salud y Educación. La pobreza y la indigencia podrán, eventualmente, disminuir, pero el daño que producen en las personas, sobre todo en la niñez y la adolescencia, será irremediable. 

Según datos de la Universidad Católica Argentina (UCA), contenidos en un documento sobre la Pobreza Multidimensional, el 8 por ciento de la población argentina experimentaba en 2018 hambre con frecuencia. Los datos tienen un año de antigüedad, de modo que es esperable que el porcentaje haya aumentado en 2019. Los sectores vulnerables, además, aunque no estén incluidos entre los que padecen hambre extremo, tienen, como consecuencia de las restricciones económicas, una dieta mala, basada en harinas y azúcar. 
Como podrá inferirse, el déficit alimentario produce chicos con problemas estructurales de salud y problemas de desarrollo. Y aun cuando mejoren en algún momento su situación económica, el daño producido por los años de mala alimentación no se podrá revertir.

La pobreza y la indigencia también impactan en la educación. Las estadísticas corroboran que en épocas de crisis la deserción escolar aumenta. Las necesidades de los hogares de incrementar el ingreso familiar para “parar la olla” empujan a los chicos a abandonar la escuela y a buscar trabajos informales. Lo mismo sucede en el ámbito universitario. Jóvenes de sectores bajos y medios que con esfuerzo habían accedido a los estudios superiores, se ven compelidos a abandonarlos. El secretario General de la CONADU Histórica, Luis Tiscornia, señaló en los últimos días que “es muy evidente que alumnos abandonan los estudios para salir a buscar alguna changa”.

Los niños, adolescentes y jóvenes que abandonan el sistema educativo durante varios años, muy difícilmente vuelvan a retomarlo. Sus chances de inclusión y ascenso social, en esas condiciones, se reducen notablemente.
Por eso, combatir el hambre y la deserción escolar con políticas inclusivas, alejadas de toda demagogia, se ha convertido no sólo en un objetivo a alcanzar, sino además en un objetivo a lograr en el menor plazo posible a los efectos de reducir los daños irreversibles que ambos flagelos sociales provocan.

Otras Noticias