CARA Y CRUZ

Hasta la sepultura

lunes, 28 de octubre de 2019 · 02:03

Aunque el derrumbe económico y sus catastróficas consecuencias sociales fueron los elementos más gravitantes en el fracaso de la aventura macrista, el nervio de la campaña que desarrolló la Casa Rosada expuso su defectuosa lectura de los resultados de las primarias.

Para intentar recuperar terreno electoral, el presidente Mauricio Macri dispuso después de la paliza del 11 de agosto medidas tendientes a atenuar los perjuicios de su diseño económico en el bolsillo de la gente durante la coyuntura proselitista.
Estas concesiones circunstanciales a la asfixia social se concatenaron con una estrategia de mímesis gestual con el denostado “populismo”, bajo la cual encabezó la marcha del “Sí, se puede” arengando a sus prosélitos, en actos multitudinarios, para que defiendan la República de la tenebrosa acechanza kirchnerista. Es decir: insistiendo con la apelación a la grieta en la que justificó durante todo su mandato la espiralización del ajuste.

Tal porfía en fomentar la inquina se estrelló contra el trabajo de un Alberto Fernández que fue estableciendo y fortaleciendo lazos con diferentes sectores justamente para balancear la incidencia del kirchnerismo duro en su esquema. Los gobernadores fueron el grupo inicial más notorio que aglutinó, pero sus gestiones se extendieron a casi todas las corporaciones, incluidas algunas muy detestadas por los kirchneristas, como la del campo.

Mientras Fernández maniobraba para dotar de expresión institucional al volumen de votos que había obtenido en las primarias, y sumaba aliados, Macri se empecinaba en tratar de imponer la hipótesis de “la máscara de Alberto”, según la cual su antagonista camuflaba el retorno del salvajismo K.

Fernández superó la grieta. Macri se enterró en ella porque no entendió que no había sido derrotado en agosto por el kirchnerismo, sino por un antimacrismo que había encontrado canal para manifestarse precisamente porque Cristina Kirchner se había replegado en la candidatura a vicepresidenta y adelantado a su ex Jefe de Gabinete.

La eficacia del gambito se hizo nítida con las PASO.

De “Macri, enajenado”, Cara y Cruz del 13 de agosto: “El ciclo de acumulación del macrismo concluyó cuando decidió circunscribirse al antikirchnerismo. Tal decisión impuso límites muy rígidos a su electorado, al que para colmo lo único que le ofrecía era sangre, sudor y lágrimas. El antimacrismo, mientras tanto, se expandía en alas de la inflación, los tarifazos, el desempleo, la caída del consumo, pero fragmentado. Derrotar a Macri demandaba suministrar el dispositivo de expresión a esos fragmentos dispersos, entre los que abundaban los refractarios al kirchnerismo visceral. Con el repliegue de Cristina de Kirchner a la vicepresidencia y el encumbramiento de Alberto Fernández se inició la síntesis”.

De todas formas, la remontada de Macri respecto de las primarias no fue menor. Su facción perdió la provincia de Buenos Aires, pero retuvo Ciudad de Buenos Aires, y la representación parlamentaria será mayor de la que se esperaba.

Lo que ocurre en Catamarca demanda otra lectura. El peronismo, articulado en torno al trípode Raúl Jalil-Lucía Corpacci-Gustavo Saadi, mantuvo las siderales distancias que había logrado en agosto.

El desempeño justicialista es histórico por su contundencia. Jalil extendió las marcas sobre el postulante radical, Roberto Gómez. Saadi aplastó a Flavio Fama en la Capital, distrito siempre difícil para el peronismo.

Uno de los datos centrales de los comicios es la implosión de la principal alternativa opositora, cuya ineficacia compromete el sistema de contrapesos institucionales.

La potencia oficialista deviene de una lectura positiva de la gestión por parte del electorado y de la interpretación correcta de las demandas sociales por parte del Gobierno.

La integridad de la República depende menos de la voluntad de quien ejerce el poder como de la aptitud de sus oponentes para desafiarlo y exigirlo. Juntos para el Cambio, en Catamarca, nunca estuvo ni cerca de algo semejante.

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