|| CARA Y CRUZ ||

El fetichismo del diálogo

viernes, 18 de octubre de 2019 · 02:10

Pasaron, con 24 horas de diferencia entre ellos, en esta campaña despojada de voltaje por la máscara de los buenos modales, los denominados debates de los aspirantes a ocupar la Intendencia y siete poltronas en el Concejo Deliberante capitalino. Con más tedio que pena, por fortuna, pero ciertamente sin gloria. 

Lo que puede concluirse, para aprovechar algo de tamaño aburrimiento, es que la ceremonia, así planteada, no tiene gollete. Es necesario cambiarle el nombre o la dinámica para ajustar la palabra a los hechos. Y mejor sería avanzar sobre la dinámica, para darle algún sentido.

Una exposición de intenciones carente de controversias es todo lo contrario de un debate, palabra que tiene sinónimos como polémica, disputa, porfía, discusión o deliberación. Nada de esto pudo advertirse en el Urbano Girardi, donde los candidatos se circunscribieron a expresar lo que harán o propondrán en caso de acceder a los puestos que ambicionan, sin que ninguno de sus contrincantes los objetara. 

La decepción fue mayor porque las huestes de cada uno, a través de las redes sociales, se encargaron desearles suerte y anunciar el acontecimiento con un énfasis que inducía a suponer que se dirigían al frente de batalla o que de la reunión alumbraría alguna alternativa al acuerdo Mercosur-Unión Europea.

El problema principal es que se establecen límites de tiempo tan estrechos para las exposiciones y las eventuales réplicas, que debatir resulta imposible. Tanto, que pareciera que el objetivo es precisamente ése: que no haya debate alguno.

Pero si el Concejo Deliberante capitalino estableció la obligatoriedad de que los candidatos a intendente y concejales debatan, bueno sería que se cumpla con tal ordenanza y se dispongan dispositivos para una discusión real. 


Sin dudas unas reglas son indispensables para evitar desmadres, pero nótese que la Legislatura y el Concejo Deliberante cuentan con reglamentos para que sus miembros polemicen ¿Qué impide aplicar procedimientos similares a los debates de candidatos? 
Con probar nadie se empacha. En la próxima, cada postulante podría, por ejemplo, exponer su propuesta durante un lapso de tiempo prudencial, en orden establecido por sorteo. Los otros tomarían nota y después se largaría la deliberación sin tantos remilgos: que el participante que tenga ganas y le dé el cuero pida la palabra y los moderadores la concedan por turno, como ocurre en los cuerpos colegiados. Y si se tiene que extender la discusión, que se extienda nomás: los propios políticos sostienen que la decisión que se toma al votar es de suma importancia, así que no hay motivos razonables para mezquinarle elementos de juicio al soberano. 

Eso sería un debate, con seguridad mucho más interesante que la sucesión de monólogos a la que se asistió, cuyo carácter inocuo fue más manifiesto en el caso de los candidatos al Concejo Deliberante: 27 acotados a un régimen de tiempo ridículo, insuficiente hasta para un mudo. 

Si son concejales por circuito, no se entiende por qué no se organizó un intercambio específico para cada circuito, incluso en algún lugar dentro del circuito pertinente, los SEPAVE, por caso, en lugar de amontonarlos a todos como ganado en la manga.


Pasa que estos debates –con el nacional ocurre lo mismo- no se diseñan en beneficio del electorado sino de los candidatos, que evitan enfrentarse a litigios comprometedores. 

Más transpira un estudiante en un examen que ellos, pero lo que precisa el ciudadano interesado es, justamente, que quienes se proponen ocupar cargos de responsabilidad pública se vean exigidos por los argumentos de sus rivales.

Si esto no pasa, se cumple con el fetichismo del diálogo sin que haya diálogo real, para tranquilidad de las buenas conciencias inquietas por las formalidades, satisfecha con los continentes aunque no tengan contenido. 

Total, a la gilada se la conforma con apariencias.

Otras Noticias