EDITORIAL

El varón feminista

domingo, 05 de agosto de 2018 · 04:02

Los evidentes avances en la lucha por las conquistas de los derechos de las mujeres están produciendo transformaciones culturales inéditas. Cambios que se advierten en las formas en que la gente, mujeres y hombres, se relacionan, en las construcciones discursivas, en la perspectiva desde la cual se observa el mundo y hasta en la escala de valores: muchas de las cosas que antes se veían bien, o estaban naturalizadas, hoy son inadmisibles o pasibles de ser cuestionadas con argumentos que van desde lo razonable hasta lo irrefutable.

Estas mutaciones son a veces difíciles de asimilar para las propias mujeres, que han logrado valiosos empoderamientos que hasta hace poco eran impensables; cuánto más para los varones, que han quedado descolocados ante la fuerza disruptiva del feminismo en una sociedad concebida históricamente según tradiciones patriarcales cuya remoción es inevitable, pero también gradual.

Si el feminismo puede caracterizarse como un movimiento que procura la igualdad de derechos entre los géneros, debe inferirse que hay un porcentaje importante de varones que podrían definirse de esa manera. No entender esta realidad es presuponer que todos los hombres avalan las conductas machistas y los privilegios de género, lo cual es obviamente falso.

El progresivo deterioro, al menos en los términos y la envergadura hasta ahora conocidos, de la masculinidad hegemónica, desconcierta incluso a los varones que comparten y desean el avance del feminismo como modelo de una sociedad más igualitaria. Son cada vez más los hombres que acompañan sus reivindicaciones, pero tal compromiso exige romper con pautas culturales, con costumbres fuertemente instaladas en el imaginario colectivo como atributos de un género “dominante”.

El varón “feminista” es señalado por sus congéneres “machistas” -que están a la defensiva e intentando defender sus privilegios-, casi como un traidor, como un sujeto que claudicó en sus principios y se sumó al enemigo que amenaza al status quo, un enemigo que suma fuerzas impensadas para derribar prerrogativas incompatibles incluso con la idea de democracia, pues ésta supone, básicamente, igualdad de derechos para todos.

En este punto es preciso concluir que el machismo y el feminismo no son fenómenos contrapuestos, dos caras de la misma moneda. Si el machismo promueve, acepta o tolera el predominio de los varones sobre las mujeres, el feminismo no pretende invertir esa hegemonía, poniendo en un lugar de subalternidad al ahora género dominante.

Los tiempos de transformaciones son, también, tiempos de desconcierto, en el que todos los actores de la sociedad procuran adaptarse a las nuevas realidades que se van generando. El progreso del feminismo no debe vivirse como una amenaza, sino más bien como una oportunidad, como la posibilidad cierta de erigir una sociedad más justa y armónica,   tarea a la que están llamadas las mujeres pero también los hombres que han comprendido la inviabilidad de las inequidades de género que caracterizan a la sociedad actual.

 

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