EDITORIAL

En vez de rogar, un plan

miércoles, 25 de julio de 2018 · 04:09

En plena campaña electoral del 2015, Rogelio Frigerio, que por entonces era número puesto del gabinete de un eventual gobierno de Mauricio Macri, planteó en términos dicotómicos las opciones que el electorado tenía al momento de emitir su voto. Palabras más, palabras menos, señaló que, o se optaba por el ajuste kirchnerista, o por una gestión, la de Cambiemos, que iba a promover un modelo de desarrollo productivo. La reflexión era muy apropiada para un dirigente con históricas raíces familiares en el desarrollismo, escuela de pensamiento económico al que se le puede reprochar la inexistencia de una estrategia de inclusión de los sectores vulnerables en los proyectos de crecimiento productivo, pero difícilmente la vocación por el desarrollo. 

Casi tres años después de aquella reflexión, y cuando el gobierno se apresta a encarar la recta final de su mandato, bien podría reprochársele al actual ministro del Interior haber emitido aquel consejo sin fundamento en la realidad. Es que todos los esfuerzos oficiales están orientados, más que a la promoción del desarrollo, a la reducción del gasto. Achicar el déficit fiscal es propósito que no debe subestimarse. Para lograrlo existen dos vías, como cualquier administrador de los dineros domésticos podrá comprender: la reducción de los gastos y el aumento de los ingresos. Una sincronizada combinación de ambas, mucho mejor. Pues bien, el gobierno parece olvidar la segunda de las opciones. La caída de la actividad económica –en junio se contrajo el 5,8 por ciento)- es un dato que lo corrobora. 

No tener un plan aceitado de desarrollo es, aunque parezca un despropósito, el plan del gobierno. Antes que complejas elaboraciones que planteen cuáles son las políticas de crecimiento más adecuadas para las economías regionales o para la industria, el gobierno de Cambiemos tomó la decisión de dejar que actúen las fuerzas del mercado, con la menor incidencia posible del Estado.
A partir de un análisis que fue señalado por la oposición, pero también por economistas locales e internacionales de prestigio, como una ingenuidad propia de inexpertos en el manejo de la cosa pública, el gobierno creyó que ordenando y corrigiendo algunas variables distorsionadas que había heredado de la gestión anterior iba a ser suficiente para restablecer la confianza perdida y el desarrollo iba a venir inevitablemente de la mano de las inversiones extranjeras. Se recordará aquel planteo del primer año de gobierno: primer semestre para acomodar las cargas, segundo semestre para que llegue la lluvia de inversiones.   

La impotencia del gobierno para elaborar un programa de desarrollo se reveló dramáticamente en una de los tramos de la conferencia de prensa que el presidente Macri ofreció la semana pasada. Dirigiéndose a los empresarios les pidió: "Por favor, exporten", reformulación de pedidos anteriores: "por favor, inviertan".

Más útil que exponer tales ruegos sería generar las condiciones para que los actores económicos inviertan y exporten. Si esas condiciones se dan en el marco de un plan consistente, bien elaborado, la súplica presidencial no sería necesaria.

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