viernes 3 de febrero de 2023

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Opinión

Pozo de Vargas: Felipe Varela y la formación nacional

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE

Dedicarle una reflexión a la lucha de Felipe Varela, que ya es parte del pasado, parece hoy un despropósito. Absorbidos por la velocidad de las noticias generadas por un mundo caótico, que funciona en tiempo presente, no nos queda espacio para reflexionar sobre los hechos pretéritos. Por otro lado, está nuestra actitud cultural ante la vida, como la de creer que todo empieza y termina con uno mismo, lo que no solo nos condena a la nada, sino también a quienes nos antecedieron.
Finalmente está la historia oficial, que lo deja de lado porque no encaja en el relato idealizado en torno a nuestra historia. El resultado es que alrededor de su memoria lo que más trasciende es un aspecto folclórico, que no representa la profundidad de su lucha política por construir un modelo de nación más justo y equitativo para todos los argentinos.
El costo político actual de marginar los ideales de Felipe Varela no es poco para nuestra sociedad del presente, sobre todo al momento de tratar de entender la realidad que nos rodea, ya que dejado de lado el pasado como causa, el presente no tiene explicación como efecto. Degradado el recuerdo o la memoria, seguimos dando prueba con nuestras decisiones personales o colectivas la sentencia de que los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo. En esta situación nos encuentra hoy el presente, engañados y enfrentando las mismas desventuras que este criollo nuestro enfrentó y perdió hace 151 años.
La oportunidad de conectarnos con nuestro pasado heroico y reflexionar fue nuevamente este mes de abril en que recordamos la batalla de Pozo de Vargas allá por 1867, en que Felipe Varela se transforma en derrotado por haberse retirado del campo de batalla luego de superar a Taboada, hecho que representa el último intento histórico de construir un modelo de desarrollo que incluyera al interior en un pie de igualdad con el puerto de Buenos Aires. Hoy nos toca vivir las consecuencias de ese desenlace que ha llevado a nuestras provincias a una dependencia casi total, no solo económica, sino cultural, que impide incluso pensar desde adentro.

Un poco de historia

Nuestros problemas como nación empezaron con el mismo nacimiento de nuestra patria, en aquel mayo de 1810. No accedimos al rango de nación como producto de una evolución del pensamiento propio, construido a la luz del estudio de nuestra realidad, sino como producto de la decisión de una minoría de intelectuales urbanos, que se habían formado a la luz de teorías políticas que nada tenían que ver con nuestra realidad: las del iluminismo francés, brillantes por cierto para Francia, pero no aplicables a una sociedad colonial como la nuestra.
Creemos que eso explica que el alborozo inicial de Moreno y Castelli de 1810 no durara más allá de Rivadavia en 1827, cuando Juan Manuel de Rosas se les cruzó en el camino con su barbarie y les puso por delante la dura y cruel realidad social representada en el gaucho y su patrón, el otrora encomendero, devenido con la revolución en estanciero, acostumbrado a ejercer su poder amparado en la fuerza del látigo y el filo del facón.
Felipe Varela nació justamente en medio de esas convulsiones políticas que siguieron a la Revolución de Mayo, allá por 1821, en el seno de una familia tradicional y de buen pasar, que con el tiempo se ganó la vida llevando ganado a través de la cordillera para Chile y trayendo mercancías de vuelta. Eran los tiempos del oficio elemental del criollo dedicado a atender el campo y criar animales; de la mujer dedicada al telar y a criar sus hijos. A ese arquetipo social de la época se le quiso imponer la dinámica de la sociedad europea, en pleno desarrollo de la Revolución Industrial.
El problema con nuestros hombres de mayo es que intelectualmente partieron de una falacia: la de creer que por ser todos los hombres iguales, toda la sociedad de su época apoyaría su visión de progreso. Pasaron por alto la diferenciación individual y social que impone la cultura y la tradición en la relación que cada individuo construye con la realidad. Por lo tanto no entendieron el fenómeno social representado en el caudillo. Pero siguieron adelante y se lanzaron a la aventura revolucionaria de imponer su visión y lo lograron, al menos en la superficie.
Esa tendencia luego se confirmó con las llamadas “Tres Presidencias Históricas”, las de Mitre, Sarmiento y Avellaneda, que marcaron el rumbo definitivo a nuestra nación. La Argentina de hoy, con todos sus problemas, es el resultado histórico de esa visión que maduró bajo el lema creado por Sarmiento de “civilización o barbarie”, que fue elevado al rango de mandato político y moral para imponer el despotismo ilustrado; una teoría del poder que ampara intelectualmente la imposición violenta de lo que ellos entendían por progreso. No percibieron y quizás no les importaba que, al frente de ellos, tenían a una sociedad que todavía vivía y funcionaba en tiempo pasado.
Nacía así el gobierno para el pueblo, que dejaba de lado la otra parte: la del gobierno por el pueblo, una metodología que aún rige en nuestro país cuando al Estado se lo transforma en un factor de poder para imponer ideas o ideologías de grupo, que no tienen en cuenta las fuerzas operantes en la sociedad y el mundo.
Pero el problema asociado a esa postura intelectual y política no terminó ahí, sin embargo. Dados los inconvenientes naturales que una sociedad atrasada como la de aquella época les presentaba para construir sus fantasías del progreso, decidieron abrir la inmigración masiva al europeo, alterando para siempre las bases culturales y de poder de nuestro pueblo. Por lo tanto, la derrota de Felipe Varela en Pozo de Vargas también significó una derrota cultural del criollo; del mismo hombre que había ganado la independencia con su sacrificio personal, que pasó a ser considerado marginal por una cultura postiza y sin identidad nacional.
Lo que siguió a esa derrota fue la construcción de una historia que todos conocemos como pueblo, cuyo desenlace es nuestro presente: una sociedad funcionando dentro de un modelo de relaciones sociales en permanente conflicto, con una clase política dividida en facciones, donde la lealtad es hacia el grupo, hacia el partido, y no hacia la república, lo que deriva en un Estado débil y sin protagonismo en medio de un proceso peligroso como es el de la globalización.
La realidad habla por sí misma: que el Estado no pueda desenvolverse con recursos propios y tenga que recurrir constantemente al crédito externo y a maniobras financieras internas para financiarse, o que el individuo común se tenga que refugiar en una divisa extranjera para defenderse del propio Estado y sus políticas monetarias, o que aquel al que le va bien guarde o invierta su dinero en el extranjero en vez del propio país, o que la corrupción se haya transformado en una condición para prosperar en los negocios revela la falta de credibilidad en el modelo bajo el cual nuestro país funciona desde tiempos de la presidencia de Mitre a partir de 1862.
Ese modelo se afianzó con la derrota de Varela en Pozo de Vargas en 1867 y se terminó de “consolidar” en 1916, en que comienza la alternancia de los populismos, golpes militares y fraudes patrióticos hasta 1983, cuando comienza nuevamente esta etapa de lucha entre facciones sin otro horizonte que el poder por el poder mismo. A la deriva queda el Estado como una entidad que, por no cumplir un papel direccional en el funcionamiento de la sociedad, termina siendo un obstáculo para el progreso de ésta. Uno de los matices de esa disfunción es, sin duda, la corrupción expuesta en estos últimos tiempos, producto de una actitud personal ante el vacío intelectual creado por la no existencia de un proyecto nacional a futuro.
 
Los peligros actuales

El principal problema de este sistema de funcionamiento es que está llegando hoy a un punto crítico de su historia: el que le marca la globalización, proceso para el cual nuestras elites, sean de la ideología que sean, no tienen respuesta. Sin ser el único ejemplo que se pueda citar, a esto lo demuestra la repercusión laboral que tuvo la apertura reciente de las importaciones para generar competencia comercial y bajar los precios, una medida justa pero contradictoria cuando, por otro lado, el mismo Estado sigue ahogando la industrial nacional o local con impuestos leoninos para financiar al Estado, quitándole competitividad.
Por lo tanto, pareciera que no hemos aprendido nada de la experiencia que nos dejaron las políticas de fines del siglo 19 y comienzos del 20 cuando, privados de los fondos económicos para generar un progreso inducido a partir de la nada, nuestras elites de aquel tiempo abrieron el país al capital inglés en expansión. Al igual que ahora, aquella medida también afectó al productor local de entonces, que no tenía medios ni respaldo económico por vivir en una estructura semi feudal de posesión de la tierra. Felipe Varela pertenecía precisamente a ese grupo social que no pudo competir con las fábricas de Liverpool y Manchester y perdió la batalla.
Algunas de las consecuencias históricas de las políticas de aquellos tiempos están a la vista en ese Buenos Aires de hoy, demográficamente fuera de control y debatiéndose en la crisis que el proceso de desindustrialización va creando al cerrarse sus fábricas y, por el otro, nuestras provincias, sin otra alternativa que el empleo estatal como fuente principal de funcionamiento económico.

La imagen de Varela

Lógicamente, la necesaria e interesada desfiguración de la figura de Varela presentándolo como un gaucho salvaje que “matando viene y se va”, acompañó la construcción del modelo de país que hoy tenemos. Quienes lo hacen pasan por alto que la brutalidad, el atropello, la tortura, el degüello y el fusilamiento arbitrario eran la “normalidad” política del siglo 19. Desde los mazorqueros de Rosas, pasando por la brutalidad de los caudillos y hasta los coroneles de Mitre que, como cuenta el riojano Ricardo Mercado Luna en su obra del mismo título, asolaron La Rioja entre 1861 y 1867 para cumplir “las instrucciones de exterminio impartidas por los triunfadores de Pavón (Mitre)”, así lo demuestra.
Se pasa por alto que el mismo Sarmiento, que se vestía con uniforme militar francés para que no lo confundieran con un gaucho, era parte de esa barbarie, como lo demuestra en su carta a Mitre luego de Pavón, en la que le solicita no ahorrar sangre de gauchos en la lucha por imponer el modelo político y económico que su generación tenía en mente. Por eso no trepida en pedirle a Mitre que a Urquiza le dé un ultimátum: el exilio o la muerte, que Mitre, más avezado en política, no prestó atención.
Pero quienes tratan de salvaje a Varela también pasan por alto que el supuesto vencedor de Pozo de Vargas, Antonino Taboada, fue un adalid de la barbarie, como lo demuestra el que luego de la batalla haya declarado a La Rioja capital como ciudad abierta al saqueo, que era lo normal en esos tiempos para recompensar a sus soldados y que haya obligado a caminar hasta Santiago a infinidad de gauchos prisioneros, jornadas en las que morían y quedaban de alimento para las alimañas. Dicen que Dolores Díaz, “la tigra”, compañera de Varela en las batallas, estuvo entre esos prisioneros.
Obviamente, no dudamos de que las tropas de Varela también habrán cometido actos de violencia en su lucha. Como lo decimos más arriba, era la norma. Pero su violencia era la del que se defiende por necesidad, no la del que agrede por ambición. Más todavía, su legitimidad se asienta en que era por defender el derecho de su pueblo a tener voz y voto en la construcción del futuro de su propio país.
Por lo tanto, su derrota en Pozo de Vargas fue la del pueblo interior, que quedó a partir de ahí marginado de las decisiones mayores que pasaron a tomarse en el puerto, en nombre de un modelo de progreso que los marginaba y los relegaba a un papel de obediencia y sumisión. Así seguimos esencialmente hoy, acollarados por la continuidad de un modelo vacío, conducido desde un Estado estructuralmente débil y conducido por facciones políticas atadas a los vicios de la vieja política de partidos y de lealtades absurdas, herencias destempladas de un pasado que no tiene chances ante los nuevos desafíos del presente. Ésta es nuestra lamentable realidad, aquí y ahora.

 

Seguí leyendo
LO QUE SE LEE AHORA
crimen de rojas: detalles reveladores

Te Puede Interesar