EDITORIAL

Francisco en la grieta

domingo, 21 de enero de 2018 · 04:02

Hay muchos –entre los que se cuentas dirigentes políticos y también ciudadanos comunes- que suelen incurrir en la costumbre de analizar todos los fenómenos que ocurren en la Argentina y en el mundo a través de la lupa de “la grieta”.

Esta categoría de análisis de la realidad contiene en su esencia una visión sesgada, maniquea y extremadamente simplificada, por lo que, en términos generales, siempre, o casi siempre, es preciso desconfiar respecto de la certidumbre de las conclusiones a las que arriba.

La propia imagen del Papa Francisco, que por estos días recorre una vez más países latinoamericanos, se ve condicionada por la visión-grieta de la realidad. Es cierto que Jorge Bergoglio es un hombre y como tal tiene un pensamiento político que, aunque nunca alineado con un sector en particular, suele tener palabras o gestos que agradan más a un sector que a otro.

Pero las adhesiones y rechazos que el actual Pontífice ha recogido y recoge entre los sectores de la Argentina que apelan permanentemente a la grieta como categoría de análisis, no se relacionan tanto con su tarea pastoral, como debería ser en tanto es la cabeza de la Iglesia Católica, sino más bien con esas palabras y gestos.

Cuando Francisco era Bergoglio, el arzobispo de Buenos Aires, y aun cuando fue elegido Papa, la inmensa mayoría de los alineados con el entonces gobierno kirchnerista lo consideraban su enemigo, y, como contrapartida, los opositores lo juzgaban como un aliado en la lucha “contra el régimen”.
A poco de andar, los que criticaban severamente al Pontífice se convirtieron en sus apologetas y los que lo veneraban pasaron a mirarlo con recelo, o incluso a imprecar contra él.

Guillermo Marcó, ex vocero de Bergoglio y amigo personal, reniega de aquellos que intentan analizar al Papa según parámetros exclusivamente políticos. En una entrevista periodística que concedió recientemente reflexionó que “Francisco tiene un pensamiento muy complejo. El que dice que lo conoce, se equivoca”. Y añadió: “Interpretar al Papa sin la clave religiosa lleva a caer en un reduccionismo”.

Convendría concebir a Francisco –su mensaje más profundo, que sin duda también contiene estratégicas directrices de índole política- despojándonos de prejuicios contaminados por la actualidad argentina. El Papa, jefe de su Iglesia, le habla a los fieles católicos de todos los países y también a la humanidad entera, en tanto se erige como uno de líderes mundiales, al margen de las creencias religiosas.

Pretender traducir su prédica –en contra de la explotación económica, de la devastación ambiental, de la corrupción y a favor de las paz y los derechos de los excluidos por un sistema capitalista opresivo para los más débiles, por ejemplo- en clave de visión-grieta, como si fuese un mensaje dirigido exclusivamente a la dirigencia política argentina, constituye un error grave que lleva a confusiones, promueve la división social y desnaturaliza el sentido de la misión que el Papa le asigna a los cristianos en un mundo convulsionado y tremendamente injusto.

 

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