CARA Y CRUZ

La confesión de Frigerio

sábado, 23 de septiembre de 2017 · 04:10

El diplomático intercambio de opiniones sobre la Presidencia de Cristina Fernández de Kirchner que protagonizó con la gobernadora Lucía Corpacci en la entrega de viviendas de Valle Chico relegó a un segundo plano algunas declaraciones interesantes del ministro del Interior, Obras Públicas y Vivienda, Rogelio Frigerio. Una de ellas estuvo vinculada al inefable Plan Belgrano, cuyos lineamientos no terminan de quedar claros. “Tiene que ver con todas las obras que hace Nación”, dijo Frigerio, y complementó la definición: “Para nosotros es la responsabilidad de todos los años incluir en el presupuesto obras de todo tipo para el norte del país, que siempre fue el más postergado”. Respondiendo a unos rezongos del Gobierno provincial porque los millones del Belgrano no se veían en Catamarca, el ministro político retrucó con “las obras se están viendo”. “Si algo se le reconoce a este gobierno (el de Mauricio Macri) es que hace obra pública en cada rincón del país. Logramos ordenar una situación grave, con hechos de corrupción y desprolijidades importantes”, se ufanó. 


No ha de faltar el insatisfecho crónico que subraye que la definición de Frigerio en realidad no define nada. Tal parecer será desde el punto de vista filosófico correcto –si algo es “todo”, en resumidas cuentas no es nada específico-, pero omitirá lo medular de la manifestación frigerista: fue la confesión, acaso involuntaria, de que el Plan Belgrano no es más que la marketinera designación que la Casa Rosada le ha puesto a la inversión de fondos nacionales en viviendas, rutas, infraestructura y asistencia social en el norte argentino que de cualquier modo venían haciéndose y debían hacerse. Blanqueo, entonces: el Plan Belgrano no consiste en la derivación de recursos extraordinarios hacia el NOA-NEA, sino en la agrupación de las erogaciones nacionales ordinarias bajo un único rótulo. Por imperfecta que pueda parecer, la definición de Frigerio resulta útil no solo para mermar expectativas, sino también, y sobre todo, para mantenerse alerta, porque comienza a inducirse una confusión en torno a lo que deben considerarse “fondos nacionales”. Algunos llegan a incluir en tal categoría, por ejemplo, los recursos de la coparticipación federal, que no son de ningún modo de la Nación, sino de las provincias; o los destinados al IPV para la construcción de viviendas, que tampoco son propiedad de la Nación. Si tales concepciones se naturalizan, se estará a las puertas de considerar que los sueldos de la administración pública provincial se pagan con “fondos nacionales”.


Pero en lo que concierne específicamente al Plan Belgrano, en enero de 2016 El Ancasti señaló en su Mirador Político las reservas que era prudente mantener respecto de sus características, en el marco de la ansiedad que se había despertado, sobre todo entre los intendentes, por el supuesto aluvión de fondos y el provecho que del fenómeno podía sacarse. La columna, titulada “El Plan Belgrano y los perros de Pavlov”, sugería la conveniencia de “avanzar en la elaboración de un programa de inversiones en beneficio de la provincia y en acuerdos con otros distritos de la región para potenciar el efecto económico de los prometidos 16 mil millones de dólares, cosa de estar preparados cuando la Nación convoque, si es que convoca. Hay que tomarle la palabra al presidente Mauricio Macri y exigir que cumpla, pero el margen para esto se reducirá significativamente si, en vez de postular proyectos, la provincia se reduce a pechar por plata”. La Casa Rosada, cierto es, no ha definido concretamente qué diferencia al Plan Belgrano de las inversiones ordinarias. Pero la Provincia tampoco ha contribuido a que tal definición alumbre con el planteo de un programa sistematizado propio. Y en el pecado –de omisión-, la penitencia: el Plan Belgrano es, textual de Rogelio Frigerio, “todas las obras que hace Nación”.

Otras Noticias