Si algo le faltaba al Concejo Deliberante capitalino para ratificar su indigencia institucional era poner al descubierto su faceta conventillesca, una veta que siempre estuvo presente entre bambalinas pero que, por cuestiones de prudencia elemental, los ediles hacían esfuerzos sobrehumanos para no ventilarla en público. Pero esta vez, a tono con las heridas que habitualmente dejan las elecciones, los reproches salieron a la superficie sin ninguna sutileza. En la sesión del jueves pasado, justo antes de empezar el tratamiento de los proyectos del orden del día, el concejal peronista Juan José Sigampa se levantó de su banca y se retiró; solo explicó que lo hacía por diferencias personales con el presidente del cuerpo, el también oficialista Juan Cruz Miranda. Luego, Sigampa dio más detalles a la prensa acerca de su abrupto abandono. “Es un problema personal por una empleada que trabajó para la campaña de él. Tengo que rever alguna información, (pero) es una empleada que pertenece a mi equipo, la premió y trabajó para él", dijo ostensiblemente indignado, herido por tan infame traición. ¡Habrase visto semejante deslealtad: el abnegado concejal se ocupó de conseguirle trabajo a la joven para que esta después olvide tal gesto y labure para otro patrón! Ni que fuera una novela mexicana.
Así las cosas, Sigampa no tuvo mejor idea que pedirle o, mejor dicho, exigirle a Miranda que ya que se quedó con su empleada, le asigne un cupo para nombrar a otra persona hasta fin de año, cuando expira tanto su mandato como el del propio presidente del cuerpo. Pero Miranda habría rechazado tal pretensión, lo cual enojó más aún al engañado concejal, quien amenaza con llevar el drama un escalón más arriba. "Quiero tener todo listo, quiero tener todas las pruebas listas para repudiar esta actitud; yo le pedí el cargo", dijo a manera de adelanto del próximo capítulo. Más allá de los entretelones de la infidelidad laboral y del regaño por la falta de códigos políticos entre pares, el caso pone sobre el tapete, una vez más, el vergonzoso criterio de administración de los recursos del Estado y el manejo clientelar del empleo en el Concejo Deliberante. Los cargos no responden a necesidades funcionales concretas del organismo, sino a demandas políticas individuales de cada legislador. En tales condiciones, no hay presupuesto que aguante tanto despilfarro, ni tampoco lugar a discursos sobre el mejor aprovechamiento del gasto público y todas esas recetas que se dicen y no se cumplen. O sea, la vieja política se conserva intacta.
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Pero hay un ingrediente adicional en esta polémica lamentable. Tanto Sigampa como Miranda compitieron por separado en las PASO del domingo 13 como precandidatos a la reelección, y ambos quedaron sin chances para presentarse en octubre porque no alcanzaron el piso mínimo de votos exigido por la ley. Miranda fue como cabeza de lista de "Obras, Corazón y Progreso", que incluso contaba en la nómina con varios funcionarios municipales, y obtuvo el 7,77% de los votos, con lo cual se ubicó en quinto lugar. Un poco peor le fue a Sigampa, quien participó por la lista 22 de Junio y, de acuerdo con el escrutinio, quedó sexto, con el 7% de los sufragios. Según analizó Miranda, confió que “la gestión” le daría los votos necesarios, “y nos equivocamos”, dijo. Tal vez habría que ampliar el análisis y poner en la balanza estas otras cuestiones que tienen que ver con el desempeño de los concejales, con sus peleas de barrio y el uso de los cargos políticos para echar mano a las arcas públicas en beneficio propio. También estas cosas tiene en cuenta la gente a la hora de votar.