Además de para trazar semblanzas, algunas superficiales y
otras más profundas, acerca de la controversial figura de Domingo Faustino
Sarmiento, el Día del Maestro debería servir para repensar la educación
argentina desde una perspectiva transformadora: para modificar lo que está mal
pero también porque esta dinámica es necesaria en un mundo que cambia de manera
permanente, lo que obliga a que su interpretación deba hacerlo de la misma
manera.
En lo que va del siglo se han registrado avances en materia
de política educativa, logros que incluso han adquirido estatus legal en
algunos casos. Se extendió la obligatoriedad del nivel secundario y del nivel
inicial, se incrementaron en términos reales los recursos para el financiamiento
del sistema en el orden del 88%, se extendió un año más la formación de los
maestros, hubo un crecimiento notable de la infraestructura y del equipamiento
y se entregaron de manera gratuita millones de libros y computadoras.
Sin embargo, la calidad de la educación argentina, en
términos generales, está muy por debajo de su promedio histórico e incluso de
los niveles de otros países de la región. Lo prueban los exámenes
internacionales que han arrojado resultados muy preocupantes en disciplinas
básicas.
El argumento de que conspira contra la calidad educativa el
fuerte aumento de la matrícula educativa por la implementación de algunas
políticas inclusivas, como la asignación universal por hijo, que tiene como
prerrequisito la escolaridad del menor, es apenas una parte de la explicación.
La otra parte de la explicación forma parte de un debate
necesario, que debe darse sistemáticamente, no tanto para señalar
culpabilidades, sino más bien para hallar las pistas con las cuales diseñar la
educación del futuro.
Deberán formar parte del debate el diseño de las estrategias
para garantizar niveles adecuados del financiamiento educativo; reducir el
ausentismo; asegurar la finalización de los estudios por parte de los alumnos,
sobre todo en el nivel secundario; rejerarquizar el rol del docente, lo cual
implica mejoras salariales pero también una capacitación permanente; actualizar
contenidos y, sobre todo, métodos pedagógicos de transmisión y construcción
participativa de conocimientos; entre otros muchos desafíos.
Una de las prioridades debe ser construir, a partir de todas
estas estrategias, una educación pública de calidad, que es una herramienta de
movilidad de crecimiento y de equidad.
La calidad de la educación pública es directamente
proporcional al desarrollo social equilibrado. En cambio, una mala educación
alienta la consolidación y reproducción de las desigualdades sociales.
Bajo estos presupuestos elementales debe encararse el
debate, que deberá ser amplio y participativo, que incluya a todos los actores:
autoridades, legisladores, pedagogos, universidades, institutos de formación
docentes, organizaciones gremiales, estudiantes.
Los proyectos de laboratorio, que se conciben entre cuatro
paredes, han demostrado sus limitaciones y, por qué no, su fracaso.