martes 10 de febrero de 2026
EDITORIAL

Repensar la educación

Por Redacción El Ancasti

Además de para trazar semblanzas, algunas superficiales y otras más profundas, acerca de la controversial figura de Domingo Faustino Sarmiento, el Día del Maestro debería servir para repensar la educación argentina desde una perspectiva transformadora: para modificar lo que está mal pero también porque esta dinámica es necesaria en un mundo que cambia de manera permanente, lo que obliga a que su interpretación deba hacerlo de la misma manera.

En lo que va del siglo se han registrado avances en materia de política educativa, logros que incluso han adquirido estatus legal en algunos casos. Se extendió la obligatoriedad del nivel secundario y del nivel inicial, se incrementaron en términos reales los recursos para el financiamiento del sistema en el orden del 88%, se extendió un año más la formación de los maestros, hubo un crecimiento notable de la infraestructura y del equipamiento y se entregaron de manera gratuita millones de libros y computadoras.

Sin embargo, la calidad de la educación argentina, en términos generales, está muy por debajo de su promedio histórico e incluso de los niveles de otros países de la región. Lo prueban los exámenes internacionales que han arrojado resultados muy preocupantes en disciplinas básicas.

El argumento de que conspira contra la calidad educativa el fuerte aumento de la matrícula educativa por la implementación de algunas políticas inclusivas, como la asignación universal por hijo, que tiene como prerrequisito la escolaridad del menor, es apenas una parte de la explicación.

La otra parte de la explicación forma parte de un debate necesario, que debe darse sistemáticamente, no tanto para señalar culpabilidades, sino más bien para hallar las pistas con las cuales diseñar la educación del futuro.

Deberán formar parte del debate el diseño de las estrategias para garantizar niveles adecuados del financiamiento educativo; reducir el ausentismo; asegurar la finalización de los estudios por parte de los alumnos, sobre todo en el nivel secundario; rejerarquizar el rol del docente, lo cual implica mejoras salariales pero también una capacitación permanente; actualizar contenidos y, sobre todo, métodos pedagógicos de transmisión y construcción participativa de conocimientos; entre otros muchos desafíos.

Una de las prioridades debe ser construir, a partir de todas estas estrategias, una educación pública de calidad, que es una herramienta de movilidad de crecimiento y de equidad.

La calidad de la educación pública es directamente proporcional al desarrollo social equilibrado. En cambio, una mala educación alienta la consolidación y reproducción de las desigualdades sociales.

Bajo estos presupuestos elementales debe encararse el debate, que deberá ser amplio y participativo, que incluya a todos los actores: autoridades, legisladores, pedagogos, universidades, institutos de formación docentes, organizaciones gremiales, estudiantes.

Los proyectos de laboratorio, que se conciben entre cuatro paredes, han demostrado sus limitaciones y, por qué no, su fracaso.

La educación no admite nuevos experimentos.

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