Lo que ha sucedido en Bolivia a
partir de la expresión del electorado de ese país en el referéndum para
modificar la Constitución y permitir una nueva reelección de Evo Morales, bien
puede tener una lectura política que exceda los límites del vecino país.
El presidente boliviano lanzó la
iniciativa confiado en que el apoyo popular del que goza iba a ser suficiente
para forzar su proyecto de continuidad en el gobierno. En octubre de 2014, es
decir, hace menos de un año y medio, el primer mandatario de origen indígena
triunfó en los comicios presidenciales con casi el 62% de los votos, un triunfo
contundente que reconoció el valor de una gestión que propició el mayor cambio
social y económico en la historia de Bolivia, con políticas inclusivas para los
sectores de mayor vulnerabilidad social.
Sin embargo, si bien los
resultados definitivos se demoran, todo parece indicar que en el referéndum los
ciudadanos votaron mayoritariamente por el no, clausurando la posibilidad de
que Morales continúe en el poder.
Muchas lecturas se podrán hacer
respecto del rechazo a las pretensiones de Evo de continuar como presidente
hasta, al menos, el año 2025, luego de un apoyo tan contundente como el del
2014. Pero hay una que es inevitable: la gente avala mayoritariamente la
gestión de gobierno, pero tal vez no apoya los proyectos que apuntan a
modificar legislación y, más aún, la Constitución nacional, para tornar posible
la eternización en el poder.
La posibilidad de alternancia en
el gobierno de distintas fuerzas políticas, o en todo caso de diferentes
personas del mismo partido, es una institución republicana que la gente
habitualmente valora más que los dirigentes.
Por eso no deben interpretarse
como contradictorias las decisiones del electorado boliviano del 2014 y del
2016.
La historia reciente argentina
presenta numerosos casos de dirigentes que han pretendido habilitar
posibilidades de reelección aun cuando deban forzar interpretaciones legales o
propiciando modificar leyes y constituciones.
Como contrapartida a estos
voluntarismos se han generalizado en las constituciones de las distintas
provincias –la nacional ya la tiene- las cláusulas que prohíben las
reelecciones indefinidas. Una de las pocas que no las tienen en la de nuestra
provincia, reformada en 1988 por última vez. El proyecto de necesidad de la
reforma que se estudia en la Legislatura contempla esa restricción democrática,
y según las expresiones públicas es compartida por todas las fuerzas políticas
con representación parlamentaria.
Los dirigentes políticos deberían
analizar con detenimiento el mensaje de las urnas bolivianas. Si bien
seguramente habrán influido muchos factores, no debe desconocerse que hubo el
domingo en el vecino país un freno popular a ciertas pretensiones hegemónicas.
Los ciudadanos pueden avalar una
gestión, pero al mismo tiempo impedir, mediante mecanismos democráticos, que
los gobernantes se eternicen en los sillones del poder. Y esa es una lección
para toda la clase dirigente.