Aunque las circunstancias que los rodearon fueron diferentes, los recientes estallidos de violencia verbal protagonizados por el intendente de Valle Viejo, Gustavo Roque "Gallo” Jalile, y el ex gobernador Ramón Eduardo Saadi sorprendieron no solo por su virulencia, sino por el nivel de degradación del discurso político. Ha de considerarse que ambas catarsis no trascendieron por grabaciones hechas a espaldas de los actores filtradas por sus enemigos con la intención de perjudicarlos; la incineración fue autoinfligida: Jalile se deschavetó en un programa radial y Saadi discurseó tras su frustrado intento de hacer un acto del Día de la Lealtad paralelo al que había programado el PJ. El intendente chacarero, que venía siendo objeto de sistemáticos ataques por parte de los dirigentes sindicales de su comuna y acababa de radicar una denuncia porque había reventado las cubiertas de su vehículo con clavos "miguelito” que manos anónimas habían desparramado en el ingreso del garaje de su vivienda, irrumpió en un programa de la radio municipal de Valle Viejo mientras entrevistaban a un sindicalista al que calificó como "vago hediondo” y disparó amenazas de corte gangsteril: "Si vuelven a entrar a mi propiedad, agujereados van a salir, y si llegan a atentar contra mis hijos, no les voy a dejar un hijo de ellos. Que les quede claro, porque si no actúa la Justicia voy a actuar yo”. Por la tarde, pidió disculpas por el exabrupto, pero el daño ya estaba hecho y sus declaraciones habían alcanzado circulación nacional.
Amenazas de semejante calibre y licencias poéticas como ésta sobre la hediondez de la vagancia son inadmisibles en boca de un intendente, mucho más teniendo en cuenta que en Valle Viejo el horno no está para bollos desde hace rato y cualquier imprudencia puede precipitar reacciones de consecuencias desastrosas. Quien ejerce la jefatura institucional del municipio debió redoblar sus esfuerzos para mantener la templanza y controlar su carácter, que de por sí no es de lo más mesurado. Sin embargo, en beneficio de Jalile es justo señalar la rapidez con que se desdijo al advertir la barbaridad en la que había incurrido, además de que, ciertamente, él y su familia son blanco desde hace rato de agresiones, verbales y públicas por parte de los representantes del SOEM chacarero, de hecho por parte de vaya a saberse quien, porque ni amenazas ni ataques a domicilios –como el de los clavos "miguelito”- han sido esclarecidos. De cualquier modo, el intendente patinó precisamente donde los sindicalistas, que le conocen las cosquillas, sabían que patinaría si lo incordiaban lo suficiente.
Distinto es lo de Saadi, que en realidad reiteró y adornó los improperios en contra de sus familiares y el Gobierno que ya había disparado nada menos que en una conferencia de prensa a la que convocó en su casa para relanzarse políticamente. Vale decir que lo de Saadi es premeditada provocación, no exabrupto en caliente. No se privó de insultar a la Gobernadora y su familia. Con escasa originalidad, revisitó el libreto de 1991, cuando lo intervinieron, y exigió que todo el Gobierno, a cuyos integrantes consideró "ocupas”, se haga "rinoscopías” para saber si son adictos a la cocaína. Habló también de corrupción. Indudablemente, no tiene Saadi al lado alguien que le aconseje moderar el tono de unos desvaríos que, antes de perjudicar al Gobierno, al que muchas cosas podría objetarle, lo colocan a él mismo en el terreno del grotesco. Tampoco parece haber nadie que le indique la conveniencia, dada la trayectoria que en algún momento tuvo, de denunciar concretamente en sede judicial los delitos que atribuye con tanta generosidad en conferencias de prensa y conatos de actos. Lo que ha hecho hasta ahora parece perseguir más el acceso al teatro de revistas que el retorno al ruedo político.