sábado 15 de junio de 2024
EL MIRADOR POLÍTICO

Brutales advertencias

Por Redacción El Ancasti

Los componentes pasionales bastarían para excluir al crimen del médico Ignacio Burchakchi del universo de los casos de inseguridad clásicos si no fuera por el concurso de las drogas.

El galeno murió apuñalado a manos de dos primos: la joven Sofía, con quien mantenía una relación sentimental, y Marcos Beltramello. Un tercer sujeto, Alexis Roldán, novio de la chica, está acusado por encubrimiento.

El trío cuenta con precedentes inquietantes.

Sofía estuvo detenida durante unas horas en 2011 por agredir con un arma blanca a su novio de entonces. El incidente no tuvo correlato judicial porque el acuchillado prefirió no denunciarlo.

Sobre Marcos Beltramello hay dos causas abiertas por intentos de asalto perpetrados en 2009. Tras acusar a su prima de ser la autora material de las puñaladas letales, alegó que en el momento del homicidio estaba drogado con psicofármacos y marihuana. Aseguró ser adicto y pidió a la Fiscalía que arbitrara los medios para someterse a tratamiento. Allegados al muchacho revelaron que estuvo cuatro años en la ciudad de Rosario tratando de superar su patología. Fuentes policiales aseveraron que estaba "sacado” cuando lo arrestaron.

Roldán luce el prontuario más comprometedor: mañana debería empezar el juicio en su contra por tráfico de estupefacientes. Lo atraparon en agosto de 2012, cuando trataba de pasar cinco kilos de cocaína por el puesto caminero de Las Rejas, sobre el camino a El Rodeo.

Burchakchi no tenía por qué saber en qué se metía al relacionarse con Sofía Beltramello. Su luctuoso destino, sin embargo, indica la conveniencia de averiguar todo sobre las personas con que eventualmente se establezcan vínculos. Desconocer los pormenores personales, familiares y sentimentales de Sofía resultó, para el médico, fatal. 

Cadena

El caso Burchakchi se eslabona así con otros resonantes asesinatos signados por las drogas. Los de María Eugenia Rojas y Susana Aguilar, por caso, por los que será juzgado Damián "Bebe” Cano, quien las ultimó e incendió sus departamentos deschavetado por los estupefacientes. O el de la maestra Fabiana Aranguez, asesinada e incinerada en su automóvil por un adicto inmediatamente detenido, que se suicidó en prisión cuando advirtió la barbaridad en que había incurrido. O el del joven Leandro Centeno, brutalmente torturado y liquidado por unos Delgadino desaforados por el alcohol y las drogas, a raíz de diferencias detonadas por una moto robada.

La mayoría de los reos de arrebato, asalto o robo manifiestan en juicio que actúan drogados. Hace unos días, un joven adicto fue arrestado tras un raid delictivo que concluyó con el intento de robo de la moto de su propia hermana.

Hace una semana, en un operativo antidrogas, se secuestraron junto a la cocaína y marihuana de rigor más de 500 pastillas de psicotrópicos, fármacos legales que los adictos combinan con alcohol para drogarse. Aunque solo deben comercializarse con receta médica, los controles son inexistentes y se consiguen como si fueran caramelos, a un precio de entre 2 y 5 pesos la unidad. Por dos pesos más los $10 de una caja de vino, cualquier joven puede volarse la cabeza, con consecuencias imprevisibles. Y cuando no cuentan con esa mísera suma, la ansiedad de la abstinencia los predispone a cualquier locura por botines míseros que destinarán a la dosis que les devuelva la calma, para volver a empezar en cuanto la desesperación retorne.

De modo que el brutal homicidio de Ignacio Burchakchi es un caso de inseguridad típico de estos tiempos: lo mataron personas obnubiladas por las drogas, fuera de sus cabales; trató de encubrirlas un narcotraficante. 

Indiferencia

La incontrastable incidencia de las drogas en el violento cariz adquirido por los delitos comunes no parece bastar para conmover a las autoridades provinciales. Se trata del problema más grave que tiene Catamarca, y a esta altura resulta evidente que sus nefastas consecuencias muy lejos están de acotarse a los marginales, esos desgraciados sujetos que la sociedad bien pensante prefiere condenar. Una multitud de jóvenes se está anulando por la adicción a los estupefacientes. Familias enteras sucumben por tener adictos entre sus integrantes, o padecen por el ataque de enfermos violentos en sus vidas.

Asistir indiferentes al fenómeno -subestimarlo- equivale a un suicidio colectivo. Sin embargo, es lo que pasa.

La reacción del Estado se restringe a la persecución del narcotráfico, con una notoria laguna en el seguimiento del mercado de psicofármacos, la droga más económica, legal, por parte del Ministerio de Salud. Solo un par de inspectores constituye la estructura de la cartera para cubrir todo el territorio de la provincia: para reírse a carcajadas, por no llorar.No existen estadísticas oficiales y confiables sobre la situación de las adicciones en Catamarca. Solo se cuantifican las drogas secuestradas, y los datos se difunden con entusiasmo a efectos publicitarios, pero no se sabe de intentos por evaluar el universo de los consumidores. Tener una idea aproximada del mercado consumidor de drogas es esencial: el volumen de la oferta responde a la demanda, el empeño de los narcos fluctúa conforme a la rentabilidad que puedan obtener. Adictos en expansión necesariamente significa estructuras de tráfico más sofisticadas y poderosas. Véase los casos de Rosario, Córdoba y provincia de Buenos Aires, con la política y las fuerzas de seguridad complicadas con el poder narco, y se tendrá una dimensión aproximada del horizonte ominoso que acecha a Catamarca.

Pero millonadas del erario se destinan al clientelismo y emprendimientos prescindibles, mientras se difiere la articulación de un sistema para la rehabilitación de adictos, no sólo con la creación de un centro específico para eso –la Municipalidad de San Fernando del Valle está por abrir uno-, sino con la asignación de los recursos económicos y humanos necesarios para dar semejante batalla y la conformación de equipos interdisciplinarios que se aboquen al estudio y tratamiento del flagelo.

Sin embargo, el tema adicciones no forma parte de la agenda de discusión política e institucional de la provincia de Catamarca. Se elige, deliberadamente, omitirlo, y no se advierten en la sociedad posicionamientos significativos que trasciendan el mero atribuir la patología a marginales irrecuperables, posicionamientos que podrían traducirse en presión sobre la casta política para que deje de eludir el problema gratuitamente. Al parecer, existe aún la percepción de que es posible aislarse de la letal influencia de las drogas con solo la voluntad de mantenerse apartado. Crímenes con el del médico Burchakchi son una brutal advertencia sobre lo utópico de semejante idea, que campea en la autodenominada "parte sana de la población”.

No será ocioso reiterar lo que en este mismo espacio se consignó hace ya cinco años, cuando cuatro adolescentes murieron quemados en la Alcaidía: "Persistir en la negación podría arrojar para la "parte sana” una conclusión tardía e irreversible como la muerte: no existen partes sanas en una sociedad enferma”.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar