sábado 28 de enero de 2023

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EDITORIAL

Celebración de los mejores valores

Alguna vez le preguntaron a Jorge Luis Borges qué opinión le merecía al fútbol. Respondió, fiel a su estilo mordaz y provocativo, ...

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Por Redacción El Ancasti
Alguna vez le preguntaron a Jorge Luis Borges qué opinión le merecía al fútbol. Respondió, fiel a su estilo mordaz y provocativo, que le parecía un juego en el que había "22 hombres de pantalón corto corriendo detrás de un balón”. 

Borges fue, además del mejor escritor argentino de todos los tiempos, un intelectual de la alta sociedad porteña que desdeñaba la cultura popular. De modo que opinaba que "el fútbol es popular porque la estupidez es popular”.
Alejandro Dolina, ubicado en las antípodas de las interpretaciones borgeanas respecto de los valores de la cultura popular, reflexionó, con igual lucidez que el maestro, que si el fútbol eran 22 hombres corriendo detrás de una pelota, "El Quijote no es otra cosa que un conjunto de letras negras sobre papel blanco”.

Es decir, no se puede definir algo sin conocer su esencia, ateniéndose sólo a lo visible superficialmente, a lo que se percibe a primera vista. Y la esencia del fútbol excede largamente sus características de disciplina deportiva para convertirse en un fenómeno social de masas, como ha podido comprobarse una vez más a lo largo de todo el Mundial. 

La legítima alegría que embarga al pueblo argentino por los triunfos del seleccionado nacional no puede interpretarse como un festejo pasatista, que provoca pasmosamente el olvido de las dificultades que afectan a la gente en su vida cotidiana.

Nadie ignora que el fútbol es, además, un negocio del que se benefician unos cuantos, y no siempre a través de mecanismos legales, mucho menos éticos. Y que ha sido utilizado frecuentemente por los gobiernos para invisibilizar los problemas de un país. Pero concebir al fútbol solo a partir de estas características, que son reales y censurables, sería ignorar lo que representa cabalmente para el sentimiento popular.

El fútbol es, a esta altura, una pieza intrínseca de la cultura popular. Salvo contadísimas excepciones, todos los argentinos viven apasionadamente estas jornadas definitorias de la máxima competencia deportiva internacional. De modo que no asombra que, al menos temporalmente, funcione como factor de integración de una sociedad que, en otros aspectos, se encuentra profundamente dividida. De hecho, entre otras, las funciones de la cultura popular son integrar, unir, convocar, constituir, articular, ensamblar.

Los triunfos deportivos de esta envergadura exaltan sentimientos de amor a la tierra en la que vivimos, a nuestras costumbres, a nuestra idiosincrasia, a nuestra manera de entender el mundo. Sentimientos que permanecen adormecidos, latentes, escondidos detrás de los conflictos y las contrariedades.

La fiesta popular que desata el fútbol debe analizarse como una celebración, en definitiva, de los mejores valores: la solidaridad, el trabajo en equipo, el compromiso, es esfuerzo en pos de un objetivo.

Los triunfos futboleros no cambiarán mágicamente la realidad, que resurgirá con su intenso dramatismo cuando se acallen los últimos ecos del Mundial. Pero es bueno saber que hay elementos en común, posibilidades de encuentro, horizontes compartidos que no tienen por qué esperar su oportunidad de resurgimiento sólo cada cuatro años.
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