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Alcoholismo adolescente

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29 de julio de 2008 - 00:00
Pese a la idea de que los jóvenes son el sector social más dichoso en estos días, lo cierto es que las estadísticas relacionadas con los males más preocupantes les asignan los primeros lugares, como puede verse en el ámbito del desempleo, la desorientación existencial, y las adicciones que, como el alcoholismo y la drogadicción, oscurecen toda proyección deseable.

Que en Catamarca el consumo de alcohol entre los adolescentes alcanza proporciones que alarman, no es dato nuevo. Ya desde hace años las encuestas vienen insistiendo en esa realidad que no ha hecho más que crecer con el paso del tiempo, pero que no ha provocado reacciones que pudieran ponerle límites. Si el exceso alcohólico fue en el pasado hábito adulto, hoy, por el contrario, parece más propio de adolescentes. Tan grave es que la situación, que ya puede decirse que hay que hacer algo para impedir que se generalice también entre los niños, como advierten algunos casos que deben verse como indudables luces de alerta. Un dato que agudiza la inquietud es el que indica que el número de mujeres se multiplica entre los adictos, aunque no podría asegurarse que constituyan mayoría.

En la provincia el panorama asusta. Un informe del Observatorio Nacional de la SEDRONAR revela que, relevados casi mil adolescentes de entre 14 y 17 años, el 75% es consumidor de alcohol y la mitad de éstos se encuentra en situación de riesgo.

El auge del alcoholismo precoz -precisión informativa que no permite evasiones escapistas- ha llevado a Catamarca a la cumbre de tan indeseable pirámide en el NOA. Proporcionalmente, los jóvenes que consumen alcohol son más aquí que en La Rioja, Tucumán, Salta, Jujuy y Santiago del Estero. Y como esta adicción es puerta abierta para el ingreso de muchos otros hábitos malsanos, podría inferirse que los adolescentes catamarqueños son la porción de la juventud del Noroeste más frágil y expuesta a los acosos más graves de cuantos debe resistir la juventud de estos tiempos. La drogadicción, la violencia, el delito, el fracaso educativo y laboral; la frustración integral en suma, se insinúa en la provincia como casi segura perspectiva y eso en medida ya incontenible y con todas las trazas de una hecatombe social.

El desarrollo de semejante proceso -su probabilidad- no debe tomarse como una fantasía masoquista. Sobre todo, porque en Catamarca no se está haciendo nada para frenar esta lava que ya ha convertido a muchos hogares en infiernos y cuyo destino no podría ser otro que generalizarse.

Los mismos funcionarios que tienen que desplegar políticas preventivas reconocen que todo esto es materia pendiente del Gobierno. No hay una efectiva campaña educativa que desaliente la propensión a la bebida nociva. Ni tampoco un programa extraescolar que persiga esos mismos fines a través de los medios de difusión masiva y de todas las otras formas de la publicidad.

No hay prevención, pero tampoco estructuras estatales o privadas que brinden el tratamiento que requieren quienes ya han caído en las garras del alcoholismo. A lo sumo se tratan los casos cuando el afectado debe ser asistido en situación de crisis terminal.

En este marco, el futuro de la provincia no promete el resplandor que se espera que alcance cuando sus recursos naturales y el desarrollo industrial se hayan alcanzado plenamente. En lo que más importa, la gente, Catamarca está amenazada y sería insensato no saberlo, o sabiéndolo, no hacer todo lo mucho que puede hacerse para evitar la peor pérdida que pudiera experimentar la provincia.

El único centro para la atención de adictos -el Humaraya- ya está colmado con pacientes que consumen drogas de las denominadas pesadas, por lo que el cuadro general es aun más dramático.

No debiera perderse de vista que trabajar en esta área de las adicciones no es sólo contribuir a un mejor presente. Es, además, labrar el futuro en una materia que se vincula más que con lo material, con lo humano, que es, precisamente, el cimiento para toda conquista material que verdaderamente valga la pena. Imaginar un porvenir luminoso con sectores prisioneros de hábitos que embotan todo impulso creador y ejecutor sería absurdo. Y si estos sectores fuesen tan significativos en número como podrían serlo si la desatención se prolongara, ese absurdo adquiriría extremos de indiscutible calado apocalíptico.
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