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También responsabilidad de los padres

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7 de septiembre de 2006 - 00:00
La información de este último tiempo abruma por su insistencia en mostrar accidentes con su amarga consecuencia de heridos y muertos. Se hace referencia aquí a los accidentes de tránsito, al parecer en proceso de convertirse en agentes devastadores ante los cuales no hubiese modo de protegerse. De la realidad de lo que acaba de decirse dan fe los cuatro casos protagonizados por motociclistas entre la noche del lunes y la mañana del día siguiente: un joven de 22 años perdió la vida y otras cuatro personas resultaron heridas.

Por otra parte, el sábado por la mañana cinco menores del barrio 920 Viviendas que regresaban de una fiesta sufrieron heridas, providencialmente leves, al volcar el automóvil en que se trasladaban y que era conducido por un chico de 15 años -la edad de sus acompañantes oscilaba entre 14 y 16-.

Se podría remontar el calendario con abundancia de ejemplos, pero no hace falta, ya que la Policía de la Provincia hizo saber que en lo que va del año -sin contar los de este septiembre recién comenzado- se han registrado en la provincia 522 accidentes que provocaron 35 víctimas fatales y una cantidad no precisada de heridos. El total del año podría resultar estremecedor, supuesto que la tendencia fuese, como parece, a incrementarse en relación con el año pasado, en que el número fatídico fue el 70. Debe tenerse en cuenta que todavía quedan 4 meses de 2006, el período que por la influencia de la primavera y del verano suele constituir ocasión propicia para las conductas descontroladas que con frecuencia desencadenan tragedias.

Desde luego, es infinitamente más sencillo contabilizar los accidentes de tránsito y establecer la cantidad de los heridos y muertos que encontrar las medidas efectivas para impedir tanta desgracia como la que sucede en la vía pública y que, por ello, es potencialmente amenazadora para tantos.

Tampoco es ninguna originalidad sostener, a esta altura, que no todas las personas deben creerse aptas para conducir. No todas lo son, por más que pudieran aprobar los exámenes exigidos para su habilitación legal. Como se ve, el problema de la seguridad vial es, desde un principio, una cuestión ética, pues quien conduce se vuelve responsable no sólo de su vida, salud y bienes, sino también de los de sus congéneres.

Si dominara la responsabilidad, la situación sería sensiblemente distinta. Y no habría necesidad de que los medios de prensa reiteren, con la insistencia con que lo hacen, las advertencias dirigidas a los conductores y a los peatones.

La Policía hace lo que hace, pero reconoce que por ella misma no puede resolver el problema. Apela a la escuela, al conjunto de los ciudadanos y, por cierto, también a las familias, pues los menores son, hoy por hoy, los más frecuentes actores en incidentes viales que muchas veces derivan en adversidades familiares de dolor inmedible.

Son los padres, entonces, una pieza clave de la estrategia salvadora. Dirán ellos que siempre terminan siendo los malvados de la historia y que les es imposible afrontar los deberes paternos en una sociedad que pervierte a los jóvenes, que los explota, que los atonta y que, llegado el caso, los abandona a su suerte o los recluye para que no le hagan daño. Enjuiciarán a la escuela, a las fuerzas del orden, a los organismos estatales relacionados con el desarrollo social, a los medios de comunicación, al mercado que ha suplantado el ideal de vida sostenido por valores al imponer como metas supremas de la existencia el lucro, el consumo y el placer.

Pero todo ello, aunque no podría rechazarse en bloque en algún imaginario juicio, no elimina el deber paterno de formar hijos con comportamiento social intachable. Es un imperativo que hay que asumir, en la seguridad de que por ese ángulo puede empezar a cambiar la suerte de la sociedad.

Por cierto, la sociedad entera deberá revalorizar la familia, contribuir a su robustecimiento, despejarle las incontables dificultades que tiene para satisfacer sus necesidades más elementales. En verdad, los padres deberían constituirse como sector de primera importancia social. Serían la organización tal vez más fuerte y podrían protegerse, ellos y sus familias, contra los estímulos contaminantes que causan estragos actualmente en el plano de los comportamientos y que no les permiten ser los padres plenos y eficaces que quisieran.
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