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Ciudadanos de privilegio

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28 de septiembre de 2006 - 00:00
“La Nación” del lunes comenta “el virtual estado de parálisis” del Congreso de la Nación. Es de tal magnitud, que considera que se trata de “un estado de apatía pocas veces visto desde el retorno de la democracia”.

Esta situación, por lo que observa el diario porteño, no sólo alcanza a las sesiones plenarias de las Cámaras, sino que también se observa en las distintas Comisiones legislativas, muchas de las cuales “casi no se reúnen”. Tal el caso de la de Asuntos Constitucionales, que “sólo se ha reunido en cuatro oportunidades en lo que va del año parlamentario”, según el diario.

En Catamarca tampoco la actividad legislativa podría mostrarse como modelo de laboriosidad. El período ordinario de sesiones arranca anualmente el 1º de mayo y culmina el 30 de noviembre. Pero en julio hay un receso de duración que excede la pausa invernal que rige en los otros ámbitos de la Administración del Estado. Y cuando hay elecciones -en la provincia el desdoblamiento las multiplica- la Legislatura cambia de rubro de actividad y sus integrantes se transforman en energizados buscadores de votos por un tiempo impreciso y sujeto a las “exigencias” de cada emergencia electoral.

Asimismo, diciembre, enero, febrero, marzo y abril son tiempo de inactividad y los ocasionales llamados a sesiones extraordinarias no invalidan significativamente el receso, más de una vez por la ausencia de legisladores en proporción que impide las sesiones.

Desde luego, cuanto se ha dicho alude sólo al trabajo legislativo como presencia de los representantes del pueblo en el recinto del Poder del Estado más típicamente republicano. El análisis podría resultar más impiadoso en una evaluación cualitativa que requeriría la observación de lo producido, en términos de rigurosa labor parlamentaria, por cada uno de los diputados y senadores de la provincia.

Para el articulista de “La Nación”, la parálisis legislativa del Congreso no podría atribuirse a desidia de los elegidos por el pueblo. De las citas que transcribe se deduce que el causante de esa verdadera enfermedad institucional no es otro que el Poder Ejecutivo, que presuntamente no tiene interés de que haya un Poder Legislativo vigoroso, salvo cuando necesita para sus proyectos la definición parlamentaria inexcusable. También se infiere que en las ocasiones en que las Cámaras se proponen tratar algún asunto que molesta al Gobierno, presiona sobre sus adictos a fin de que no se alcance el “quórum” reglamentario. Lo mismo sucede -según el autor de la nota- en las Comisiones parlamentarias, entre ellas, la de Asuntos Constitucionales, que preside la senadora Cristina Fernández de Kirchner.

Después de citar a un senador opositor según el cual “el Congreso está para discutir temas secundarios; terminamos siendo una escribanía del Gobierno”, la nota apunta contra lo que juzga ausencia de independencia indicando que “la parte visible de esta estrategia de control legislativo puede verse cada semana en las reuniones de labor parlamentaria de ambas Cámaras, en las que los jefes de los respectivos bloques oficialistas vetan cualquier tema que no cuente con luz verde del Gobierno”.

En Catamarca también podría preguntarse para qué existe la representación opositora, cuyo papel transcurre entre el espasmo denunciante, la irreversible significación de mero testigo y el destino incierto de sus mociones y proyectos. Los mil artilugios posibles para obstaculizar las iniciativas no oficialistas se ponen en marcha y, en consecuencia, las interpelaciones a los ministros y secretarios de Estado y los pedidos de informes a los distintos funcionarios ejecutivos rara vez pasan del proyecto al acto, a menos que previamente el Ejecutivo haya asegurado que no habrá riesgos, como ocurrió cuando la secretaria de Turismo fue interrogada por el Senado.

Por lo dicho, surge que los legisladores son ciudadanos de Primer Mundo, a pesar de vivir en un tercer mundo indisimulable. Tienen las mejores remuneraciones, las más ventajosas franquicias, la libertad garantizada por fueros incluso en casos de reclamos judiciales, las vacaciones más dilatadas y la oportunidad de encontrar el modo para quedar prendidos en la red del poder hasta asegurar una jubilación más que jugosa.

No tienen que afrontar ningún “juicio de residencia” ni nada que se le parezca al concluir sus mandatos y como no hay instancia de control objetivo pueden sumar el lujo de “la conciencia tranquila” que todos se apresuran a proclamar.

Con todo, cuánta falta hace una Legislatura independiente y eficaz. Que a nadie lleve a esperar el cumplimiento de aquella frustrada profecía del jefe militar de tiempos de Onganía que aseguraba, mirando el edificio del Congreso, “ni las palomas” volverían jamás a ese recinto.
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