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Insólita situación en una escuela chaqueña

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6 de diciembre de 2006 - 00:00
Si se escribiese una historia que contara las infinitas situaciones a que están libradas las escuelas en la Argentina -también las de Catamarca- quedarían a la vista las mil formas a que deben adaptarse las insuficiencias gubernamentales, la imaginación de las comunidades para resolver los problemas, la curiosidades de compatibilizaciones increíbles y la tesonera voluntad de los educadores que animan el servicio escolar aun en las condiciones más adversas.

La noticia viene del Chaco, más precisamente de la localidad de Vilelas, donde en enero de este año la Policía desalojó con violencia a unas cien familias que ocupaban ilegalmente viviendas del FONAVI que, aunque terminadas, no se habían entregado a sus destinatarios. Estos intrusos tomaron la determinación porque un temporal les había destrozado sus ranchos y ni el Gobierno provincial ni el municipio los proveyeron de chapas que les hubiesen permitido el refugio de un techo.

La noticia, tal como la difunde “Clarín” del lunes, añade que las familias fueron reubicadas en varias escuelas, de donde fueron llevadas a otros albergues cuando comenzaron las clases, pero de los alojados en la Escuela de Adultos Nº 8 de Vilelas nadie se ocupó y resultaba evidente que algunas promesas oficiales no iban a cumplirse. Así las cosas, los docentes acordaron una solución insólita: compartir el local escolar con las familias en el marco de un convenio en que ambas partes se comprometieron a no molestarse. De modo que, después de la firma de un “acta de convivencia”, la escuela chaqueña es, al mismo tiempo, centro educativo y vivienda de varias familias.

Desde luego, ni la vida de los alojados ni la de los educadores y estudiantes es ni medianamente normal. Hubo que reducir la cantidad de clases para cada grupo; del total de 200 alumnos muchos desertaron y las clases de Educación Física se suspendieron porque -así dice “Clarín”- “los estudiantes sentían vergüenza de hacer ejercicios frente a los albergados”. La información del diario porteño se cierra con un párrafo en que apunta que “ahora, en el colegio, el panorama es ambiguo: chicos de todas las edades juegan en el patio mientras sus madres, sentadas en bancos escolares, los miran con cierto aburrimiento; de algunas aulas salen llantos de niños y, de otras, lecciones de matemática; en el Gobierno no hay aún ninguna respuesta”.

Podría concluirse que la erradicación de las escuelas-rancho, un ideal que todavía en el siglo XXI no ha terminado de concretarse, aunque los progresos han sido notables, ha demostrado no alcanzar para superar una tradicional vergüenza nacional. Ocurre que, como en tantas comunidades el problema de la vivienda sigue en pie, los edificios escolares aparecen como la única solución, especialmente cuando se registran desastres naturales, como el que turbó la normalidad de la referida escuela chaqueña. La consecuencia es que retornan las escuelas-rancho, un modo de decir, a la vista de la incomodidad que implica aquella convivencia pactada por docentes y familias del Chaco.

Pero no sólo estas amalgamas pueden hallarse en las escuelas del país. El inventario incluye también otras novedades no menos inadmisibles, como el incremento de las incursiones de malvivientes que destrozan y roban cuanto pueden y que parecen hallar en los edificios de la educación un particular deleite. Y otra, más antigua y que amenaza con profundizarse, como es la de las aulas superpobladas, cuya consecuencia no se limita a la incomodidad de alumnos y educadores, sino que afecta al resultado de la acción pedagógica.

Pero habría que citar una carencia mucho más vieja y que promete terminar siendo atributo inseparable de la realidad escolar. Se hace referencia aquí a la inexistencia de refrigeración en los meses tórridos y de calefacción durante el invierno. Podría suponerse que tales servicios hoy sentidos como esenciales deben dejarse para el Primer Mundo, pues no se ha visto interés por la necesaria ambientación de las escuelas, por lo que ha pasado a ser conquista reservada a las comunidades educativas más prósperas.

La historia menuda de las escuelas argentinas es un yacimiento que todavía debe explotarse. Es probable que se escriba alguna vez, seguramente antes de que las limitaciones que serán su contenido hayan sido superadas por los gobiernos.
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