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Fiebre reeleccionista

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29 de octubre de 2006 - 00:00
Sólo desde la inocencia absoluta puede sostenerse que un gobernante no utilizará todas las herramientas que le proporciona el poder para perpetuarse.

Quien accede al poder, por más convicciones democráticas que haya esgrimido, no buscará limitar sus facultades sino expandirlas, convencido de su idoneidad. Esto está en la naturaleza misma de la política, que es la lucha por el poder; resulta absurdo reclamarles a los gobernantes que se autolimiten, ya que, por motivos altruistas o canallas, siempre estiman que nadie más que ellos mismos están en condiciones de ejercer los cargos que ocupan. Esto es: sea para robar a cuatro manos o para desplegar una acción de beneficencia desinteresada -por hablar de dos extremos-, quien encabeza las acciones considera que es el más apto para hacerlo, al margen de las estimaciones ajenas y de las encuestas. De lo contrario, ni se metería en entuertos de disputar espacios y potestades.

Hoy se dirime en Misiones una elección en la que el gobernador Carlos Rovira pretende obtener el visto bueno de los misioneros para una reforma constitucional que le dé la posibilidad de ser reelegido indefinidamente, por los siglos de los siglos.

Semejante aspiración ha motivado una serie de profundas reflexiones acerca de lo inconveniente de las reelecciones indefinidas para el sistema democrático, reflexiones que, en el caso del propio Rovira y del Gobierno nacional, son respondidas con el argumento de adjudicarle al voto popular el carácter de infalible e indiscutible, mientras los opositores, por su parte y acaso con envidia, se escandalizan ante las perspectivas de eternización.

Dicen los defensores de la reelección indefinida -en rigor es muy definida: quiere ser perpetua- que no es tan importante que la Constitución, de Misiones o de donde fuere, la habiliten, por cuanto es el electorado, en última instancia, quien decide la continuidad del gobernante.

Semejante razonamiento constituye un sofisma. Para empezar, porque la representatividad de la democracia nacional y provincial está sesgada por índices de pobreza e indigencia oprobiosos, que a su vez conforman el electorado cautivo que alimenta un clientelismo desembozado.

En provincias como Misiones, la relación es claramente extorsiva, porque el Estado está en condiciones de manipular la mayor parte de la economía, distribuye la acción social y decide sobre los cargos públicos en forma arbitraria. De modo que incide directamente sobre la voluntad de electores poco interesados en algo más que su diaria subsistencia.

Tal factor ha sido todavía poco analizado, aunque los catamarqueños podrían dar buena cuenta de él. En Catamarca, donde la pobreza ronda el 50%, los gobiernos jamás han cambiado por elecciones; los enroques se dieron por golpes de Estado o intervenciones federales, que una vez hechos con la caja pública se ocuparon prolija y eficientemente de reproducir los esquemas clientelares que les permitirían la permanencia. Y de paso, estructuraron negocios fabulosos sobre la hambruna.



Detalles



Obviamente, postular tamaño mecanismo constituye un atentado a la democracia. Todo el mundo sabe que la ciudadanía argentina guía sus pareceres por los más altos conceptos republicanos, como bien pudo apreciarse, por ejemplo, en el último homenaje al tres veces presidente Juan Domingo Perón. Quienes cuestionan a Rovira, y por carácter transitivo a sus apadrinadores del Gobierno nacional, no son más que resentidos y malintencionados; vagos y malentretenidos.

Ciertamente, los críticos eligieron el ejemplo marketinero más a mano. Dicen, confiados en la escasa información del mismo público que consume las argumentaciones de los Rovira de este mundo, que el afán monárquico misionero se asemeja, o refleja como un espejo, la situación del feudo catamarqueño saadista, donde también se reformó en 1988 la Constitución provincial para permitir reelecciones indefinidas.

Como en toda consigna publicitaria cómoda, montada habitualmente sobre los prejuicios, se arrasa con los detalles, sobre todo con uno muy nimio: lo único que pretende reformar Rovira es el artículo que impide la reelección indefinida, mientras que en Catamarca se reformó prácticamente toda la Constitución. Acá se introdujeron mecanismos de democracia indirecta, los derechos de los trabajadores, la obligación de defender el medio ambiente y, para estar a la moda, el 82% móvil que ahora están por cobrar los jubilados.

La reforma catamarqueña, saadista y todo, sería propia de Juan Bautista Alberdi al lado de la que propone Rovira. También, por cierto, se instauró la reelección indefinida -o "ad infinitum"-. Pero si bien los Saadi no eran San Francisco de Asís, habría que reconocerles al menos un pudor mayor que el rovirismo, acaso un vestigio de vergüenza que les impedía largarse en cruzadas reformistas sin al menos disfrazar sus ambiciones monárquicas con algunas otras cuestiones. Como para que no fuera tan evidente que la única aspiración pasaba, como en el caso del misionero, por la exclusividad de la "guanaca".



Distorsión



Pero la reelección indefinida no sólo abre la puerta a una perpetuidad que, por definición, es contradictoria con el espíritu dinámico de la democracia. Si quienes tienen el poder no trepidarán en utilizar todos sus instrumentos para retenerlo, quienes los sucedan dedicarán grandes esfuerzos a impedir cualquier posibilidad de retorno.

Por eso la política argentina es salvaje y cruenta. No hay techo para la carrera, como sí ocurre, por ejemplo, en los Estados Unidos, donde una persona sólo puede ser presidente en dos oportunidades, sin chances de una tercera.

En la Argentina no. Un mismo personaje puede ser presidente por dos períodos consecutivos y luego intentar el regreso. Esta posibilidad atormenta a los sucesores, que se esmerarán en destruir política y judicialmente el poco o mucho prestigio del antecesor para abortar cualquier alternativa de competencia.

La reelección "ad infinitum", entonces, es perniciosa no sólo porque proporciona a quienes gobiernan la coartada para perpetuarse. También incuba en los opositores, impedidos de usar los instrumentos del Estado, montados en un negro resentimiento, la tentación para el complot y el golpe artero.
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Dinero físico. Lo que entraba en las financieras eran billetes y se pagaba mayormente del mismo modo.

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