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Celebración irreprimible

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15 de octubre de 2006 - 00:00
No ha de ser sólo por la publicidad comercial de cada octubre que sobreviva, en unos tiempos en que los pedestales se han agrietado tanto, el culto a la madre. También en otras estaciones del calendario la euforia vendedora exalta otras figuras que, sin embargo, no alcanzan la estatura de ese ser que la literatura y el arte en general han convertido en síntesis de todas las bellezas y virtudes humanas, aun sabiendo que, como todas las criaturas de su especie, está sujeta a las limitaciones de su condición.

Tampoco ha de ser sólo el tango el perpetuador de esa veneración a “la vieja” como el único refugio seguro del hombre, como el techo siempre abrigador para la innumerable muchedumbre de los hijos pródigos. El tango no alimenta a las mayorías juveniles y sus letras difícilmente puedan contarse entre los nutrientes de su visión de la existencia.

La vigencia del impulso homenajeador no tiene sus raíces en la fuerza persuasiva de los interesados elogios comerciales, ni en los halagados del arte, ni en la filosofía tanguera. Esas manifestaciones no son causa sino consecuencia de uno de los fervores más naturales del corazón humano.

Tan fuerte es, que no lo ha desalojado ni la Psicología, reveladora de la no siempre beneficiosa influencia materna sobre los hijos. Ni ciertas investigaciones que pretenden demostrar que no hay un instinto materno, que la omnipresencia de la madre en la vida de los niños promete malformaciones de la personalidad que los vuelven incapaces a la hora de afrontar los problemas de la vida y que en muchos casos los predispone para la delincuencia o la autoeliminación. Ni la desintegración familiar que provoca el ritmo moderno y que hace que cada vez sean menos las horas del contacto de la madre con sus vástagos. Ni la información periodística que de tanto en tanto expone casos de madres terribles y hasta asesinas.

La madre sigue siendo referencia del corazón, espacio sagrado de la memoria cuando ya no está en este mundo o cuando la distancia geográfica que separa a madres e hijos se impone como anticipo de la muerte. Es fiesta de la que a menudo no se tiene conciencia cuando está presente. Y no hay sueño honrado que no tenga en ella algún cimiento, algún fuego, alguna savia.

Ninguno de esos factores favorables puede jactarse de haber creado la indiscutible asociación entre madre y belleza y ternura y heroicidad instalada en la conciencia humana. Y no hay elemento enemigo que haya podido destronarla de una dignidad que no proviene de fuente externa sino de sí misma, esto es, de Dios que se compadeció de sus criaturas y quiso estar al lado de ellas en la persona de cada madre.

Y sigue siendo la encarnación más exacta de la Providencia, como apuntó Sarmiento al referirse a su Doña Paula y, a través de ella, a todas las madres. Y lo será en el futuro, por más que atenten contra su privilegiada condición la salvaje necesidad de proveer, muchísimas veces ella sola, el sustento material de la familia. Por más que la corrupción imperante la acose con las mil formas de la tentación consumista. Por más que esa misma corrupción quiera robarle los hijos. Por más que se le hayan abierto todas las puertas que hasta no hace tanto eran dominio exclusivo de los varones. Por más que haya debido cubrir cada vez más lugares y se le exija no sólo ser madre, sino, además, protagonista de estos tiempos en todas las áreas. Por más que también sobre ella caiga la ola envilecedora que pretende corromper a la mujer reduciéndola a objeto y sujeto de consumo.

Pese a todo, la imagen materna se mantendrá fiel a su esencia. Las madres de estos días no son menos heroicas que las del pasado. En más de un sentido, el heroísmo de hoy es más duro, menos reconocido, a menudo más solitario, casi siempre más exigente y difícil de asumir.

Es probable que sean las madres la última posibilidad de la supervivencia de una sociedad en que puedan advertirse rasgos verdaderamente humanos.

Por todo ello, no hay error, ni enajenación, ni exceso en la celebración de este día, sino confirmación de una percepción que honra a la sociedad humana.
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