EDITORIAL

Absurda sumisión

jueves, 14 de julio de 2016 · 04:01

Son cada vez más los jóvenes, particularmente los que atraviesan la etapa de la adolescencia, que padecen una verdadera crisis de abstinencia cuando se ven privados, por distintas razones, del uso del celular, aunque esa privación dure apenas unas pocas horas.

Si hablamos de una "especie de crisis de abstinencia” es porque estamos en presencia de una "especie de adicción”. A tal punto ha llegado el uso intensivo de un aparato concebido para comunicarnos, pero que a veces, al limitar la interacción personal, ocasiona el efecto contrario. Como aseguran los expertos, crece la tendencia paradojal de conectarse con lo lejano y rechazar lo próximo.

Carlos Pachuk, médico psicoanalista, sostiene que "la informática y la biogenética ha logrado un cambio antropológico que produjo otro ser humano. El sujeto del siglo XXI es un ser tecnovivo o biotecnológico es decir los objetos son una prolongación de nuestro cuerpo, el celular una continuación de las manos, un aparato pseudoimplantado que nos conecta con el mundo al instante”.

La generalización del uso de estos dispositivos tecnológicos, con los cuales se pueden realizar múltiples funciones –entre ellas, aunque no la más usada, la de hablar por teléfono- trae consecuencias que pueden relacionarse con afectaciones concretas a la estabilidad de la salud mental.

Los especialistas advierten que los celulares pueden producir trastornos de ansiedad. La cultura de la inmediatez exige respuestas urgentes, y si éstas no se producen pueden generarse inseguridades e ideas paranoides, además de conflictos personales inconcebibles años atrás.

La consulta casi permanente al aparato provoca, asimismo, una actitud obsesiva. Se calcula que el 80% de las personas consultan, durante las horas pico, entre 8 y 9 veces por hora el celular. Esta actitud de controlar los contenidos se da incluso en horarios nocturnos, entre sueño y sueño.

Está también lo que se denomina patología de las selfies, por la cual los usuarios de las redes sociales están todo el tiempo mostrando imágenes de la vida cotidiana, a partir de fotografías y videos captados por el dispositivo.

El uso compulsivo del celular provoca también cambios en las relaciones de pareja y con los entornos afectivos, y, en algunos casos, la imposibilidad de despegarse de las obligaciones laborales durante los ratos de ocio.

Si bien hay coincidencias respecto del diagnóstico, es decir, los problemas que genera la utilización intensiva de este aparato que se ha metido de lleno en nuestras vidas, no hay demasiadas pistas respecto de las estrategias para impedir los excesos, que, como se puede apreciar, amenazan con provocar cada vez más incomunicación, una fuerte dependencia e incluso desórdenes de tipo mental.

Tal vez cada familia deba intentar llegar a acuerdos mínimos para limitar el uso del celular, o restringirlo en determinados horarios o circunstancias –por ejemplo, cuando se almuerza, se cena o hay momentos de encuentro-. Lo que sí resulta claro es que los mayores, que también suelen caer en esta absurda sumisión al dispositivo tecnológico, son quienes tienen la responsabilidad principal en la fijación de las reglas del juego para recobrar espacios de diálogo y comunicación.

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