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En Los Ángeles, aún persiste el miedo

Aunque se entregaron viviendas, quedan huellas visibles del gran sismo. Todavía sienten réplicas que renuevan los temores.

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7 de septiembre de 2006 - 00:00
LOS ÁNGELES, Capayán- A dos años del terremoto, EL ANCASTI recorrió el lugar del epicentro, localizado en el extremo sur de la cadena montañosa del Ambato, justo donde se enclava entre sus sierras la localidad de Los Ángeles: ahí ocurrió lo peor. En la bella localidad, originalmente bautizada Niquijas (“valle de dos puntas”), el temblor cambió la vida de la gente.

De los daños y destrozos materiales provocados quizás todo se sabe, que las paredes de las casas de adobe caían con cada eco del temblor, que la gente vivió durante varios meses cubierta entre las lonetas de las carpas porque sus casas eran inhabitables, que se quedaron desprovistos de servicios indispensables como el agua y la luz, que la emergencia apaciguó apenas la necesidad del momento, y que la ayuda oficial fue lenta e insuficiente.

Las personas de este pueblo escucharon por primera vez que sus casas, sus recuerdos y sus vidas estaban asentadas sobre una grieta determinada por una falla de la naturaleza.

A pesar de que el tiempo trascurrió, las marcas del miedo perduran en los habitantes de Los Ángeles. La costumbre mitigó el pánico, pero no la sensación de que en cualquier momento puede repetirse el sismo. Como dijo, Maria Luisa Ávalos, directora de la Escuela 374: “¿Qué más nos puede pasar, si lo peor ya nos sucedió?”.



El recuerdo

En este pueblo de familias de primeros pobladores, los Farías, los Romero, la familia Bazán, Carrizo y los Santucho, a todos ellos los une en este aniversario la misma emoción. Como describe Patricia Ana de Robledo, entre lágrimas, “para nosotros cada día 7 es una fecha especial, desde ese día nos aferramos a la fe, teníamos miedo de todo, de la oscuridad, de los ruidos, de la soledad, de que nadie nos ayudara. Pensábamos que la solidaridad iba a terminarse y que nuestro destino era igual de incierto como lo es predecir un nuevo terremoto”, relata al tiempo que comenta que hoy no mandará a sus hijos a la escuela porque tiene miedo de que la tragedia los golpee por segunda vez.

Patricia, hoy tiene una pancita de ocho meses, está esperando un varón, al preguntarle sobre los miedos que persisten a pesar del tiempo, no puede evitar que sus ojos se llenen de lágrimas: “Nosotros nos hemos acostumbrado, pero la sensación de que todo se caía, que mirábamos a la montaña y que todo era tierra, el ruido de las piedras, no saber qué era de nuestros hijos que estaban en la escuela, jamás vamos a olvidarlo. Acá, la vida sigue igual que antes, seguramente sea un día más, porque ya nos acostumbramos a vivir con temor”. Ella es una de las que pudo ponerle palabras al miedo, muy cercano a la desazón que produce saber que estuvo en riesgo la vida.

A pesar de que en Los Ángeles no ocurrió ninguna pérdida de ese tipo, sí tienen miedo a perder lo poco que tienen, lo que les dio la naturaleza, como la posibilidad de subsistir gracias a la cosecha del nogal.

Sobre todo, porque el martes por la madrugada sintieron un nuevo sacudón: “Acá casi todos los días se siente un nuevo temblor, pero sucede que no queda registrado en ningún lado, cuando escuchamos que un ruido raro retumbaba afuera se nos vino a la mente lo de hace dos años, yo no pude dormir más y me quedé en la cama rezando”, describe Rita de Santucho. Junto a su familia, como la de Patricia y otras cuatro, vivieron durante seis meses en una carpa que consiguieron de la ayuda oficial.



s Lo que cambió

Entre las huellas que dejó el terremoto de septiembre figuran los problemas habitacionales. A pesar de que recién cumplido el año una parte de las familias afectadas recuperó su vivienda, una gran parte tuvo que seguir esperando. La mayoría de la gente se encuentra agradecida por las nuevas viviendas antisísmicas, pero muchas reparan en que no concuerdan con su idiosincrasia. El patio grande, las habitaciones amplias, su estructura se modificó, estas casas vienen en moldes prefabricados, pero como dice Miguel Arias, del barrio Los Pinos -el más afectado- “peor es nada”.

Por ejemplo, los Santucho dicen que tuvieron que dejar la mayoría de sus pertenencias en los toldos que marcan el territorio de su antigua casa porque no les alcanza el espacio: “Son dos habitaciones muy pequeñas y nosotros somos seis, también sabemos que no podemos exigir mucho porque nos habíamos quedado sin nada”, comentó Máximo Santucho.

Esta localidad, que en casi toda su extensión acompaña el cauce del río, esta dividida en dos zonas, la norte y la sur. La primera fue la más afectada, ahí fue precisamente el epicentro. Es muy difícil acceder por el mal estado del camino, y la gente pide una solución porque se sienten aislados; Rodolfo Ponce, agente sanitario de la posta, explica que “la ayuda que llegó al pueblo, toda quedó en la parte sur. A pesar de que se reconstruyeron dieciséis nuevas viviendas, todavía quedan quince familias que esperan las reparaciones. Acá la ayuda fue muy poca y la cuestión política también hizo que la ayuda no se distribuya a todos por igual, acá los materiales de construcción aún no se vieron, por ejemplo; yo por ser de una línea distinta al intendente no recibí ni un kilo de azúcar, por eso decimos que de esta parte estamos olvidados”, y sin miedo y con indignación Rodolfo manifiesta que “cuando más pobre se muestra la gente más libres son las palabras”.

Así también lo señaló la directora de la Escuela San Martín Nº 416, a la que asisten 30 chicos en los tres ciclos, y que todavía tiene sus baños en muy malas condiciones. También la iglesia Nuestra Señora del Rosario continúa llena de escombros: este edificio, muy antiguo, se desplomó todo, y de las paredes de más de un metro de ancho no quedó nada.

Por otro lado, muchos hacen hincapié en que en el departamento todavía no se conformó una comisión de emergencia, que prevenga a la gente de cualquier otro episodio, ya que nadie les asegura que no se vuelva a repetir.





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