Refugio de lectura

La habitación sin barrer

Por María del Rosario Andrada
domingo, 18 de agosto de 2019 · 02:05

Un viaje a través de las distintas etapas de la vida de la autora, desde el nacimiento hasta su muerte, transita por la denominada poesía confesional cuyos máximos exponentes son John Beryman, Anne Sexton, Robert Lowel, Allen Ginsberg y Silvia Plath. Dice Pippa Pases en “Bs. As. Poetry” que “los poetas confesionales se unieron en la definición del acto creativo como auto-exposición dolorosa, una expresión provocada por experiencias personales, físicas y psíquicas –locura, suicidio, incesto, droga, masturbación-, reprimidas por el decoro poético reinante”.

En un lenguaje directo y accesible, recorre los laberintos de una vida familiar tensa por la mala relación con su padre alcohólico, con connotaciones agudas e irreverentes. La popularidad de Olds nace de la condena y los elogios de la critica que tildó su obra de pornográfica y narcisista.

En el poema “Primera hora” dice: “Esa hora fui más yo misma que nunca. Me había sacado/ a mi madre lentamente de encima, estaba acostada ahí,/ respirando por primera vez, como si el aire del cuarto estuviera soplando como una burbuja… todo lo que tenía que hacer/ era salir a lo largo de la línea de mi mirada y viceversa, de ida y vuelta, en la seda de la gravedad/ presión del aire, una caricia, oliendo en mí/ misma su sangre cremosa. El aire/ tocaba suavemente mi piel y lengua,/ entraba en mí y sacaba los pequeños/ suspiros que no conocía como los míos…”.

Siguiendo la estructura intimista, el poema “Domingo en el nido vacío” dice: “Nuestra casa está desierta. No hay nadie aquí,/ nadie que necesite algo de nosotros… Tal vez estamos muertos, tal vez esto sea el cielo… mientras los párpados se agitan… descubro que eso puede volverme inhumana…”. Se advierte un realismo descarnado y sin concesiones que se reitera en textos como “La naturaleza muerta del paisaje”, que nada tiene que ver con lo que comúnmente conocemos, sino con la tragedia de un accidente. El paisaje son los restos del vehículo, una mujer tirada en la autopista boca arriba con la cabeza hacia atrás metida dentro de los hombros, una pierna salida y otros detalles escabrosos de un cuerpo destruido. La pasión, el sexo, la angustiosa relación con su padre, siempre envolviéndose en la sábana de su cuerpo. Incluso cuando imagina la muerte, Sharon Olds recrea  su cuerpo que yace acostado de espaldas, el espíritu que se eleva hasta el ombligo y que brota como una hoja de papel.

A modo de preludio, la portada del libro ofrece una interesante historia coherente con el texto. Se trata de un estilo de mosaicos “Asaraton”, piso sin barrer que tiene origen griego en los restos de comida tirados (huesos de pescado, caracoles, cabezas de langostino, pata de cangrejo, carozos de fruta, cáscara de nuez, que Sharon Olds los describe) en medio del festín. El mosaico de la tapa del libro es de Heraclitus y está en el Museo del Vaticano. Había la tradición de dejar los restos de comida en el piso hasta el final de la fiesta como una manera de honrar a los espíritus de los muertos. Como dice la autora: “¡Ay mis personajes, mis imaginados!, he aquí unas migajas caprichosas debajo de la mesa del amor”.

 

De SHARON OLDS (Poesía)
Ed. Gog&Magog, Bs. As. (bilingüe)

SHARON OLDS nació en 1942 en San Francisco, California. Autora de: Satan Say, The One Girl at de Boy’s Party, The Dead and the Living, The victims, The Gold Cell, The Father, The Wellspring, Blood-Tin-Straw,  Strike Sparks. Docente de la Universidad de Nueva York. Miembro de la Academia Estadounidense  de las Artes y Letras. Premios: Centro de Poesía de San Francisco; Círculo Nacional de Críticos del Libro; T. S. Eliot; Pulitzer -entre otros-

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