Refugio de lectura

domingo, 14 de abril de 2019 · 04:00

Por María del Rosario Andrada

 Poesía completa de José Watanabe
(Ed. Colección La Cruz del Sur, Valencia, España)
José Watanabe (nació en Laredo, Perú, en 1945, y falleció en 2007). Publicó poesía: Álbum de familia, El huso de la palabra, Historia natural, Cosas del cuerpo, Habitó entre nosotros, La piedra alada, Banderas detrás de la niebla. Fue guionista de cine, en películas como “La ciudad y los perros”, “Maruja en el infierno”, “Alias la gringa”, “Reportaje a la muerte”.

Las primeras palabras del prólogo, escrito por Darío Jaramillo Agudelo, develan todo el proceso poético de José Watanabe cuando dice: “El ojo de este hombre sabía hablar…”. Sin duda, el elemento primordial es la capacidad del poeta de descubrir y recrear lo que no vemos: “…Si hubo sol/ le tomé fotografías con el hueco de la mano y acaso lo azoré/ diciéndole: posa con los senos hacia el viento/…mi ojo todo lo veía, no descartaba nada”. El libro condensa toda la obra publicada de Watanabe, quien junto a César Vallejo, Blanca Varela y Antonio Cisneros son los poetas peruanos más conocidos y leídos. Es el ojo que recorre la infancia sin estridencias, una voz intensa, sin regodeos que hace de su lírica un códice de imágenes donde las palabras no hieren, caminan por la calle del recuerdo, van asoleándose de a poquito como tomadas de la maño. Watanabe, observador y paciente, influenciado por la cultura japonesa heredada de su padre, define los hechos que están ocultos con una sencillez y síntesis asombrosa. El poema “Guardián del Hielo”, muestra lo efímero, la evanescencia, lo que se diluye entre los dedos: “Y coincidimos en el terrenal/ el heladero con su carretilla averiada/ y yo/ que corría tras los pájaros huidos del fuego… también coincidió el sol… el heladero me pidió cuidar su efímero hielo/ El hielo empezó a derretirse/ bajo tan desesperada/ como inútil… no se puede amar los que tan rápido fuga/ Ama rápido, me dijo el sol… yo soy el guardián del hielo”. Hay una integración del poeta con la naturaleza en una clara simbiosis con los animales, fábulas donde converge la narración, y es la parábola una herramienta muy utilizada en sus textos. El poema “La oruga” resume la metamorfosis, la transformación o paso de la vida a la muerte. Están presentes también el ciervo, con el que tiene sueños recurrentes; el gato, cuya seducción lo cautiva; la iguana, la serpiente, la boa, el lenguado y el topo, entre otros, solo basta mencionar un fragmento cuando describe al pelícano en “Piedra alada”, para darnos cuenta de la belleza que transmite el ojo que captura: "El pelícano herido cae sobre una piedra y extrañamente/ en el lomo/ de la piedra persistió una de sus alas/ sus gelatinosos tendones se secaron/ y se adhirieron/ a la piedra/ como si fuera un cuerpo/ Durante varios días/ el viento marino/ batió inútilmente el ala/ batió sin entender que podemos imaginar una ave/ la más bella/ pero no hacerla volar”. El autor se hunde en los cañaverales, en el ángel que ha vuelto a husmear sus desechos, en su cuerpo, en las frágiles vidas del bosque, en Antígona -una versión libre de la tragedia de Sófocles-, también en escenas bíblicas, en la neblina que cubre el puerto, donde los cangrejos merodean de noche los restos del pescado eviscerado. Poesía ingeniosa y original, que sorprende y nos incita a bucear en sus palabras.

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