Refugio de lectura

ORACIÓN POR MI CUERPO Y SUS LADRIDOS

Por María del Rosario Andrada
domingo, 17 de noviembre de 2019 · 02:00

Sin límites en la orilla, modula, escarba, elige con una sostenida lucidez los elementos que encarna el poema. El cuerpo sirve para recorrer el misterio de la existencia a través de los distintos espacios. El ojo está entre rocas, mares y dolores; el ojo limpio de leer a Castilla, de ensuciarse con Bukowski, de sangrar con Rimbaud; “…el ojo avaro que reseca la risa que vigila cual cíclope el oro/ las monedas que el mercader ensucia el alma…los ojos del Che y el siglo en sus montañas/ la bala que lo busca sin poder encontrarlo”.
Una puesta comprometida, definida en ritmo y cadencia provocada por el autor al despojar sus versos de signos de puntación, la percepción se adueña de la estructura corpórea utilizando bellísimas metáforas que centellean en la bruma como un espejo que devuelve formas y gritos del pasado. Como dice Rivella,  esos huesos de mis piernas “igual que estalactitas soportando el peso de los siglos…, esos huesos penetrando en la tumba de mi padre”.
Aquellas manos que buscan el cuerpo en la penumbra, las manos del espejo repitiendo el mundo sin piedad, cruel y ficticio; “…las que se juntan en rezo para pedir a Dios que no abandone/ la piel de los lagartos/ las llagas del Cristo del minero del sembrador de trigo/ y de mañanas”.
Cada espacio del cuerpo tiene una historia que contar, un ángel o el dolor de un ritual que se repite. Son bastiones donde descansa el resplandor del hombre en las tinieblas, el corazón que se mece, latiendo en el poema, la boca que susurra obscenidades, injurias, y la que no puede decir no puedo amarte. El pie de Aquiles que cruza veloz como una brasa dolorida; “los pies del perseguido por caínes por perros de cazar hasta el aliento y corre/ por el borde de la noche por sendas de algodón y farallones…” Siempre la palabra engarzada con el viento, transformada en alarido, estertor en el desvarío de la tristeza y la oreja que no se cansa de escuchar el silencio que va urdiendo el destino del autor. Y son los brazos, los que sostienen en el trapecio, el triple salto mortal sin red ni nada, la espalda de Quasimodo; la que carga el peso de la culpa; la sombra que huye del abismo y se “achica al extremo de ser nada si el sol la estruja desde un cenit absurdo y amaga como un dios con amurarla”. 
Hay en esta obra un lenguaje exuberante que devora todo lo que toca con un rigor estético y hondura espiritual sorprendente. Sin embargo, como en un ritual quirúrgico, rebana las palabras para descifrarse desde lo más recóndito de su ser y traspasa su universo interior con bravía precisión y autenticidad, y encuentra sangre desolada: una visión del mundo que convierte su palabra no solamente en lugar de producción de subjetividad, sino también en un  hacer político, ya que los problemas del mundo lo conminan a denunciar lo insoportable. Estas ideas se desarrollan desde un yo poético autobiográfico, por eso decimos que sus textos son memoria. Hollada memoria.  
La obra también refleja el silencio, la palabra vacía, la sabiduría  y las umbrosas noches del pasado, el sonido del pájaro trinando en la enramada. Es el lenguaje del cuerpo donde calan hondo los sentidos y la muerte como un fantasma atribulado socavando la palabra. Hugo Rivella es uno de los poetas vivos más difundidos e importantes de la literatura hispanoamericana.

 

HUGO FRANCISCO RIVELLA (Rosario de la Frontera, Salta- 1948) Reside en Córdoba. Autor de: Caballos en la lluvia; Centro de Tormentas; Piedra del Ángel; Espinas en los ojos; La sombra en el espejo; Las Yeguas y las rosas; La Hora del relámpago; Endentro de mí; Una rosa en las garras de un jaguar; Poemas en la lengua de un sonámbulo; el caleidoscopio del sufriente; Espejos equivocados. Recibió importantes premios Internacionales en América Latina y Europa.


 

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