Refugio de lectura Por María del Rosario Andrada

“El deslumbramiento”

De Dolores Etchecopar – Poesía – Hilos editora, Bs. As.
domingo, 20 de octubre de 2019 · 02:03

La llave que abre este cofre está en el epígrafe que dice: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria” (de Louise Glück). Todo sucede en un viaje por el mundo de las abejas; “las abejas se mueven dentro del deslumbramiento/zumbidos dorados desarrollan una tersa clarividencia/ acercan bosques delicados al oído de quien se detenga…” Es  un desandar por la tristeza alrededor de la casa mientras las palabras se pueblan de fantasías, susurros, murmullos. La aparición de un niño alimentado por el viento, a veces montado sobre aullidos, atravesando ráfagas, enfrentando al monstruo que salió de un cuento, ese niño que habita en la casa, el que rodean las abejas cuyos ojos abren celdas de luz en el panal, el que abre las puertas de la noche, el que deambula entre los muertos. Dice la autora: “Apago las luces/ y el niño se vuelve oscuro con la casa/duermo en el regazo de la tristeza/ al son de los residuos que barre el viento/ trozos dispersos de la memoria que se deshace/ y que yo arrojo al sueño/ como a un perro hambriento”.
Paradoja en ese sueño turbio que vuelve al pasado, donde se recuerda un monstruo rebosante de hermosura y un ángel horrendo. Todo es deslumbramiento, el zorro que salta desde la negrura y mantiene cerrado los ojos por un fulgor desconocido. También “deslumbramiento” es palabra, oscuridad, lo opuesto a la luz y una cadencia interna que resalta lo bello y lo tenebroso, de lo que no se percibe ante una naturaleza que envuelve y evoca el movimiento sutil del tiempo y la angustia de las ausencias. “Nadie vio lo que sucedía/nadie recuerda/sin embargo con disimulo/ las arañas se fugaban/ atropellaba el grito del chajá/ en un hueco nervioso de la noche anidábamos/ con pequeños gritos detrás de los ojos/ nos mirábamos aturdidos… antes muchos empezó a rotar/ el uso de la pena/ a hilar vestidos/ y cambiábamos de lugar una y otra vez/ la silla de la madre/ la silla que habla sola…”. Dolores Etchecopar resiste el asedio de una canción de amor enredada en la pena cuando el recuerdo se sienta a su lado, hábilmente construye una trama de lo oculto usando la figura del oxímoron.
Un poemario cargado de imágenes fuertes y evanescentes, lúcidas y mortíferas. Los símbolos atraviesan el texto, conforman un código,  revelan la originalidad de la composición.
En este intrincado mundo, el extravío de una abeja destruye miles de panales y, si muere la última, no habrá nadie esparciendo el polen sobre la palabra.
Hemos abierto el cofre y una luz nos ha cegado, oímos el zumbido de quien iba a cantar el canto fatal de la alegría, poemario esencial que se eleva en un misterioso encantamiento.

 

 

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