Por María del Rosario Andrada

Refugio de lectura

domingo, 13 de octubre de 2019 · 02:00

NUEVO MUNDO ORINOCO, de JUAN LISCANO (Poesía, ed. Alfa Argentina)

JUAN LISCANO (1914-2001) nació en Caracas, Venezuela. Autor de: Cármenes, Fundaciones, Sucesos, Los Fuegos Apagados, El origen sigue siendo; Ensayos: Espiritualidad y literatura: una relación tormentosa de amor; Panorama de la literatura venezolana. Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua; Premio Nacional de Literatura. Su obra fue traducida a varios idiomas.

Un canto épico lírico que recorre el vasto río Orinoco, en los pueblos y sus lenguas, en la selva, en las aves rapaces, en las fauces del ejército que devastaron los sueños.

El libro se compone de 16 secciones unidas por la historia de la Conquista. Liscano maneja un lenguaje arrollador con la crudeza de la violencia, con espanto y estertores, entre llanos, ríos, colibríes, insectos, bestias y una exuberante vegetación. Un mágico paraíso donde los hombres cantan, dialogan con la tierra y la montaña para encarnar en ellas.

Mito y profecía enlazados en una voz que denuncia los avatares de las poblaciones indígenas y la hostilidad del continente a los hombres llegados de lejanas tierras. El libro se abre con un poema sobre la creación; es un sacerdote, un chamán, un dios que se apodera del lenguaje y va nombrando las cosas, pero ese poder se pierde, la lengua enmudece.

La sección “Las tribus anochecen” contiene la Casa del Agua, La Casa del Sol, donde aparece el símbolo de la serpiente doble, acuosa, fértil, lunar, sexual, orgiástica y la otra, luminosa, diurna, asociada al ascetismo de los sacerdotes; y la Tercera Casa evoca a la Profecía: el presagio se cumple cuando salen del mar y de las orillas del Levate hombres barbudos que anuncian nuevos tiempos, un nuevo Dios.

En el poema “Ejército de espectros constelados” un fantasmal ejército irrumpe en un inmenso continente de vientos, mares, frondas, islas. La selva entera juega al escondite, los árboles, los hombres tropiezan con guerreros cinocéfalos, razas enanas, cíclopes gigantes; “…les asaltan familias vegetales,/gente de zarza que se estira y muerde/gentes de yerba que se oculta y quema,/ de follajes que ofrecen umbrías venenosas… entran en las bahías del ocaso/ duermen entre raíces que respiran…”.
En esa geografía alucinante de pantanos y vientos primitivos se entremezcla la desventura del soldado Francisco Martín, que con una pierna herida y putrefacta se perdió en la selva con su tropa. Sonámbulos avanzan cargando su botín entre ciénagas y rutas que se cierran, mascando raíces y cogollos de visao y van muriendo de a poco. Acosados por el hambre capturan un indio, lo asan y lo comen.

El capítulo “Los Negros” refiere a la trata y a la esclavitud. Los negros sobreviven al horror de los barcos invocando a sus dioses; dice: “Avanza un negro, avanza por la orilla/ de un cocodrilo, de una sierpe roja./Viene del mar, del vientre de unos barcos,/llega sin nombre y lleno de su exilio…cien mil están llegando./Dioses, tribus, idiomas confundidos… les cazaron, les clavaron las huellas/les echaron del sol, del pez, del búfalo,/ y cayeron al suelo, al pozo, al piojo…cargamentos de nadie, pedazos que respiran”.

Recreación de la huella colonizadora, palabra que viene del pasado en la construcción de la memoria de un continente mágico en símbolos e imágenes y con un discurso poético que sigue con la historia del pueblo venezolano.

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