Que la enfermedad no se propague

OPINION | 

Gastón Gabriel Castro, de 19 años, murió en abril del año pasado en un hecho de “justicia por mano propia”, una expresión muy utilizada pero en el fondo incorrecta, pues este tipo de episodios no constituyen un acto de “justicia”, precisamente, sino una represalia contra una persona que comete un delito, incurriendo en un delito peor, como el homicidio.


El joven murió desangrado luego de recibir un disparo con un rifle de aire comprimido que dispararon los hermanos Gabriel y Ángel Ponce, que lo descubrieron intentando forzar la puerta de un automóvil que les pertenecía y lo persiguieron hasta que lo atraparon en un baldío.


El caso, que ayer empezó a ventilarse en juicio oral y público, tuvo gran trascendencia pública por la gravedad del hecho en sí, pero también por la desafortunada reflexión que sobre el mismo hizo el secretario de Seguridad de la provincia, Marcos Denett. “Yo hubiese hecho lo mismo”, dijo, en declaraciones periodísticas, lo que le valió una denuncia por apología del delito.


Este hecho de “justicia por mano propia” es grave, pero no tanto como otros. Si bien el fiscal que entendió en la causa lo había calificado como homicidio simple, el juez de Garantías entendió que se trataba de un homicidio preterintencional, es decir, que no había intenciones de asesinar a la víctima, porque el disparo que le produjo la muerte fue realizado con un arma de aire comprimido, que habitualmente sólo produce heridas, pero en muy raras circunstancias la muerte. 


Hay otros de mayor gravedad. En 2014, también en Catamarca, Raúl Fernando Varela asesinó de un disparo a Guillermo Arias, que había robado en su verdulería. Fue condenado a la pena de 9 años de cárcel. 


En el caso del homicidio de Castro, los imputados habían solicitado a través de sus abogados el beneficio de la suspensión del juicio a prueba, figura legal más conocida como probation, a cambio de 80.000 pesos. El fiscal Gustavo Bergesio se opuso a ese pedido con un argumento irrefutable y que debe dejar una enseñanza. Bergesio sostuvo que, los casos de esta índole (“justicia” por mano propia) deben ser juzgados. “Eso deja una enseñanza en la sociedad para evitar que esta enfermedad se propague”. 

La alusión a la “enfermedad que se propaga” es ilustrativa, porque a un hecho aislado suelen seguirle otros, como por efecto contagio.


La justificación de estos graves delitos, como de los linchamientos de delincuentes, por ejemplo, fomenta en definitiva la ley de la selva, a través de la cual los ciudadanos se arrogan competencias propias del Estado. Pero además, en ese contexto de violencia irracional y con límites muy imprecisos o nulos, los que habitualmente actúan fuera de la ley son los que corren con ventaja.


De modo que debe la justicia ponerle límites concretos a este tipo de hechos, y los ciudadanos evitar incurrir o alentar acciones violentas para reprimir actos delictivos, para lo cual existen instituciones específicas capacitadas en tales propósitos.

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