La taza de Vidal

La gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, llama por teléfono...

OPINION | 

La gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, llama por teléfono a una vecina de City Bell, una localidad bonaerense muy cercana a La Plata. Mariana, que así se llama la interlocutora de la mandataria, se muestra gratamente sorprendida. Vidal le dice que la escuchó hablar en un noticiero televisivo acerca de los problemas de inseguridad. Se muestra comprensiva, contenedora. La charla sigue un rato, como si fueran dos amigas compartiendo preocupaciones comunes. Se despiden. La vecina, eternamente agradecida.


Vidal subió a las redes sociales el video en la que se la ve manteniendo esa conversación. Ella está en su despacho. En el escritorio hay, muy visibles, una taza y un vaso de agua. De pronto, la taza de Vidal cambia de forma y de color. Es otra. Evidentemente, el video está editado y se deslizó un error imperdonable. Queda claro que la charla no es espontánea sino armada. Todo puede ser puesto en duda a partir del error detectado, hasta la identidad de Mariana. 


Hace un par de años, el gobierno se encargó de difundir otro video en el que se observaba al presidente de la Nación recorriendo el conurbano en colectivo mientras charlaba amenamente con el resto de los pasajeros. Horas después, imágenes que se filtraron permitieron detectar que en realidad era una puesta en escena: el vehículo estaba parado al costado de una ruta y los pasajeros de Macri eran “extras”.


No son anécdotas pintorescas. El episodio revela la importancia que la actual gestión nacional le otorga al marketing político, a la imagen por sobre el contenido. Lo importante es lo que se dice, lo que se muestra, aunque no tenga un correlato con la realidad.


Cambiemos llegó al poder con fuertes críticas a lo que llamó “el relato” kirchnerista. Se refería a la descripción de la realidad argentina que hacía el gobierno que abandonó el poder en diciembre de 2015, que en muchos aspectos distaba enormemente de lo que en verdad sucedía. Empezando, claro está, por la mentira de las estadísticas oficiales.


Pero la nueva gestión perfeccionó las estrategias marketineras, que no se reducen a videos en los que ya pocos creen respecto de su espontaneidad, sino que se sustentan también en un discurso repetitivo, con unas pocas ideas fuerzas, pergeñado por asesores y trabajador por los funcionarios para su enunciación con coaches profesionales.


El discurso de Macri de ayer fue concebido y ejecutado según esos criterios. El problema no es esta elaboración según las reglas de la comunicación política, sino que las formas sean más importantes que el contenido. Es decir, que lo que se diga sean meras consignas, cuya credibilidad puede ser tan endeble como la historia de Vidal, la vecina y las tazas cambiadas.


Los tiempos dramáticos que vive la Argentina exigen respuestas más allá de las palabras vacías, de las apelaciones a responsabilidades siempre ajenas. Respuestas fundadas en la realidad que se traduzcan en mejoras en la calidad de vida de los argentinos y no sólo promesas de cumplimiento improbable en el mediano o largo plazo. 
 

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