En el tembraderal

OPINION | 

El intercambio de diatribas por la crisis económica y financiera desplaza del centro de atención las incomodidades del común de los mortales, que ajeno a las fluctuaciones de los mercados y las especulaciones de la política se debate en la incertidumbre, angustiado por experiencias pasadas en las que vio perecer sus modestos ahorros. Las insistentes fotografías del ministro de Economía Nicolás Dujovne con la administradora del FMI, Chistine Lagarde, podrán ser tal vez muy eficaces como “señal” para calmar mercados insumisos, pero los argentinos son perros demasiado cascoteados como para cifrar esperanzas en elemento tan banal. El ciclo de colapsos recurrentes, aluvionalmente, ha terminado por forjar una cultura, menos resistente que resignada. Las reacciones frente a los fracasos van de las maniobras tendientes a sostener el valor de los ahorros, muy por lo general dirigidas a la adquisición de dólares, al pichuleo para que el costo de los artículos indispensables de la canasta familiar deje alguito de excedente para dilapidar en un gusto superfluo injustificable, tipo tomarse una cerveza a la orilla del río El Tala con las patas al fresco, o cargar $500 de combustible. Una desmesura: acá lo que sobra son los derrochones que no le ponen el hombro al país.


La percepción general es que la sociedad se encuentra en un tembladeral al que las autoridades no le hallan salida, de modo que cada uno ha de arreglárselas como pueda. La gente instrumenta diferentes estrategias frente a la crisis, convencida de que poco y nada puede esperar de quienes en teoría deberían proporcionarle certezas. Una de las vías más recorridas es la del endeudamiento a través de las tarjetas de crédito: meta pagar el mínimo y un poco más, acortando al mes siguiente lo que se pueda para estirar hasta el aguinaldo, y así. Llenar el tanque de nafta es alarde de “bon vivant”: a gatas los pesos necesarios para una vueltita, que sobre un tanto para el pancho y la coca, y gracias por la salida. El carrito del supermercado ha de juntar herrumbre hasta que retornen las vacas gordas, si es que vuelven: por ahora, y para no tentarse, alcanza con una bolsa de las más chiconas, que las uvas ya no se compran por kilo sino por unidad, la gaseosa está cerca de cobrarse por trago y más conviene juntar varias familias o grupos de amigos para comprar un kilo de salchichón primavera al por mayor que enterrarse con 150 gramos tasados como cachos del cuero de San Pedro.


Esto, por no hablar de gastos imposibles de evadir, como el de los servicios. Llega la factura de la luz o el gas y no hay forma de sacarle la nalga a la jeringa, para usar la jerga puesta en boga por la diputada Elisa Carrió: se paga o viene el corte, y a vivir como en el Medioevo, que por algo tenemos acá feriado por el Día del Milagro; Dios proveerá, aunque los curas se manden a guardar cuando del sistemático castigo al bolsillo del ciudadano raso se trata. Quizás la señora Lagarde y el FMI aflojen y anticipen unos mangos, pero lo real y cierto es que la población se las ve más que negras para llegar, no ya a fin de mes, sino a fin de semana. Esta cinchada de la gente no se refleja todavía en manifestaciones que vayan más allá de la catarsis a través de las redes sociales; otros la están pasando mucho peor, con la pérdida de trabajos. No puede negarse la importancia de la macroeconomía, pero la situación de la gente obligada a ceñirse sin que el Gobierno muestre al menos un difuso horizonte al que arribar luego del sangre, sudor y lágrimas que el Presidente Macri volvió a requerir en su último mensaje, demuestra una indiferencia propia de tecnócratas. La Argentina ya ha recorrido este camino.
 

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