Dosis ajustables

OPINION | 

La experiencia, sobre todo en la Argentina, enseña que en el ejercicio del gobierno es tan desaconsejable el apego irrestricto y dogmático a doctrinas, como la improvisación permanente. En el arte de gobernar, el desarrollo de políticas fundadas en elaboraciones teóricas debe ser complementado adecuadamente con decisiones que se escapan del manual, que obedecen a la lógica de la adaptación a los hechos de la realidad y que requieren altas dosis de creatividad.
Teoría y pragmatismo, en dosis ajustables según las necesidades de la coyuntura.

El gobierno nacional asumió en diciembre de 2015 sin un plan pergeñado adecuadamente. Confió en una serie de recetas elementales basadas en principios del libre mercado que se tradujeron en medidas como la libre flotación del dólar, eliminación o baja de las retenciones a las exportaciones o apertura de las importaciones con escasos controles, entre otras. En términos generales, la apuesta fue retirar progresivamente el Estado de la economía con el propósito de que ésta se regule según las leyes del mercado.

Con este diseño, el presidente y su gabinete confiaban que los inversores iban a apostar por nuestro país y la economía iba a empezar a crecer. El proceso culminaría con un beneficio para todos los sectores según la teoría del derrame.

El conjunto de estas medidas, cuya suma por cierto no constituye un plan sustentable, no dio los resultados esperados y arrojó una primera conclusión: lo que funciona en los libros de teoría económica, no siempre funciona en la economía real, mucho menos en los países emergentes por su condición de subalternidad respecto de los centrales.

El primer año de gobierno fue de alta inflación y recesión. En el segundo, clave por las elecciones de medio término, el gobierno de Cambiemos, ante la ausencia de inversiones que debió compensar con un fuerte endeudamiento externo, debió recurrir a medidas heterodoxas, más cerca del “populismo” que tanto criticó que del liberalismo en el que abreva en la teoría: fue el Estado –y no el mercado- el dinamizador de la economía a través de fuertes inversiones en la obra pública el que propició las condiciones para un repunte de la economía en 2017.

Conseguido el triunfo electoral, el gobierno consideró que era necesario ir a fondo con la ortodoxia neoliberal. Los resultados están a la vista.

En medio de la crisis cambiaria, que no pueden siquiera morigerar porque no hay casi controles sobre el movimiento especulativo del capital financiero, las autoridades estudian alguna medidas heterodoxas que siempre criticaron, como por ejemplo el regreso de las retenciones, tal vez el impuesto al turismo, una mayor regulación de los precios internos y del libre movimiento de los capitales financieros, que durante los últimos dos años y medio obtuvieron ganancias formidables en plazos cortísimos, en desmedro por cierto de la economía nacional y de los actores que la sustentan.
Junto con un plan de ajuste clásico monitoreado por el FMI, el gobierno nacional ensaya medidas fuera del manual para mejorar los controles y tratar de controlar el desmadre económico-financiero. Habrá que ver si resulta. El problema, a veces, es que el mercado espera una cosa y la gente otra.

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