EDICIÓN IMPRESA | EDITORIAL.
La gente “en situación de calle” ha de conformar, seguramente, la franja social más baja, en realidad, ya casi subterránea. Tan fuera del sistema están, que su presencia se percibe apenas, como si se tratara de un elemento más del paisaje, uno de tantos que han sido destinados a mero complemento libre de la posibilidad de dolor y resentimiento. Supuestamente dotada por la naturaleza para soportar el frío y los otros rigores de la indigencia, se ve como esos pájaros diminutos que en el invierno se refugian en el follaje de los árboles y por las mañanas sorprenden por su amistad con el agua helada.
Hasta se le envidia la abundancia de su libertad y se pasa frente a ella como ante una curiosidad que no provoca ninguna reacción auxiliadora concreta, como ante una elección humana incomprensible.
En verdad, el prójimo en situación de calle desanima por la magnitud de su necesidad. Socorrerlo impresiona como acción fatalmente insuficiente. Brindarle un techo, una cama, abrigo, alimento y esto no para una sola vez, rara vez está al alcance del transeúnte común, que, muchas veces contra su deseo, no haya otra acción a su alcance que el proseguir la marcha.
Por esto, cuando una organización social o el Estado ejecutan políticas de socorro para este sector, es inevitable experimentar una sensación gratísima. Es lo ocurrido ante el conocimiento de que ahora funciona en la ciudad un parador nocturno inicialmente pensado para adultos mayores pero finalmente también destinado para más jóvenes en razón de que hubo que asistir incluso a personas de entre 20 y 40 años.
La iniciativa fue concebida y concretada por la Dirección de Adultos Mayores, dependiente del Ministerio de Desarrollo Social. El parador está ubicado en el predio del Hogar de Ancianos “Fray Mamerto Esquiú”, que fue objeto de una profunda refacción que lo ha convertido en un amable y seguro lugar para que los ocasionales moradores pasen la noche, después de higienizarse y cenar. Al día siguiente se les brinda un desayuno y salen para hacer su vida de siempre. Cuando llegan al lugar son revisados por una enfermera. Asimismo, los trabajadores sociales los entrevistan para determinar si hay posibilidad de que se integren en sus familias o sean incluidos en un centro diurno.
Se sabe que hay entre 12 y 14 adultos en situación de calle y otros tantos que tienen entre 20 y 40 años.
Por lo que manifiestan los responsables del parador, ya no es imprescindible buscar a sus beneficiarios, como sucedió al comienzo. Cada vez concurren más espontáneamente, por más que no quieren abandonar del todo la rutina habitual.
Con respecto a esta curiosidad; se alude al caso de un anciano de 70 años, que vive en la calle desde hace 24, y que dejó de concurrir al parador por no poder adaptarse a la nueva situación.
Sin duda, el parador nocturno para quienes viven y duermen en la calle es una realidad enaltecedora. Porque entraña, para la sociedad, crecer en humanidad, desarrollo no menos deseable que el económico.
Ahora, quienes viven en “situación de calle” tiene, aquí, a su disposición, un parador donde higienizarse, cenar, dormir y desayunar