Opinion

Tres aniversarios luctuosos

EDICIÓN IMPRESA |  EDITORIAL.

En los primeros días del mes que hoy comienza, la Argentina perdió, en años distintos, tres de sus más grandes figuras cívicas y políticas: Leandro N. Alem y Juan Domingo Perón, ambos el 1º de julio, en 1896 el primero y en 1974 el segundo. El tercero fue Hipólito Yrigoyen, cuya muerte tuvo lugar el 3 de julio de 1933.
Los tres cumplieron, cada uno en su momento, transformaciones profundas en la vida social de la Argentina. El primero, sin haber ejercido nunca el poder político presidencial. Y los otros dos, a lo largo de fecundas presidencias.
“Fue en 1890 -señala Félix Luna refiriéndose a Alem- cuando llegó su gran momento. Y agrega: “Alem era un ejemplo de conducta; el país precisaba algo así en un momento en que la riqueza rápida y el progreso avasallante lo dominaban todo. Por derecho propio presidió las primeras concentraciones de la Unión Cívica y fue presidente de la Junta Revolucionaria en las jornadas del Parque. La revolución del 90 fue vencida, pero Alem salió engrandecido de los cantones. Desde entonces, Alem fue un símbolo, una bandera. Consumiéndose en su propia pasión intransigente, se negó a ser Presidente de la Nación y prefirió dividir su partido antes que someterlo a entendimientos con el gobierno. ‘Que se rompa pero que no se doble’ era su orgullosa divisa”.
Luna relata, después, que en 1892 fue detenido y desembarcado en Montevideo, pero que él volvió a la lucha política con mayores bríos. Recuerda, asimismo, que “en 1893 encabezó una nueva revolución en la provincia de Santa Fe. Fue vencido y lo metieron preso, no obstante sus fueros de senador nacional… el 1º de julio de 1896, su nombre conmovió de nuevo al país entero: se había pegado un tiro en la calle, escenario de sus grandes triunfos, sede de sus grandes amores…”.
La vida, y la obra del general Perón es más conocida por su proximidad histórica y por los inmensos cambios que significó para el país, sobre todo en la primera de sus tres presidencias. De su tarea reformadora da una idea esta apretada síntesis: la nacionalización del sistema bancario, la implantación del control estatal sobre el comercio exterior, la nacionalización de los sectores claves de la economía: petróleo, electricidad, siderurgia, frigoríficos, expropiación de la propiedad de los sectores denominados oligárquicos y terratenientes, control obrero sobre la producción, planificación integral de la economía, reforma de la Constitución, establecimiento del voto femenino, aplicación de una política de multiplicación de los derechos sociales a los ancianos, los pobres y los niños.
El fundador del justicialismo estuvo 18 años exiliado en el extranjero. En 1972 regresó a la Argentina. Volvió a la Presidencia en 1973 y murió en su patria en 1974.
El otro gran hombre es Yrigoyen. Entre Alem y Perón, es el defensor de las libertades de las personas y de los pueblos. El otro idolizado por las mayorías. El otro luchador contra los abusos de las oligarquías y el poder extranjero. El otro abanderado de la soberanía nacional.
Las tres figuras que homenajea esta nota continúan una línea vertebral de la Argentina más genuina, que viene desde los orígenes del país y en la que también deben inscribirse los caudillos que los antecedieron.
Los tres fueron objeto de estremecedores signos del dolor cuando murieron. Y el país de hoy, también enfrentado a los poderes de entonces, los mira invocándolos como los mentores de una nueva instancia liberadora.

El 1º de julio de 1896 murió el caudillo Leandro Alem. El mismo día, pero de 1974, el general Juan Domingo Perón. El 3 de julio de 1933, Hipólito Yrigoyen.