EDICIÓN IMPRESA | EDITORIAL. Otra vez móviles de la Policía fueron apedreados en la periferia de la ciudad...
Otra vez móviles de la Policía fueron apedreados en la periferia de la ciudad, en una actitud que parece en camino de convertirse en hábito. En nota de hace pocas semanas se hizo referencia a este fenómeno como presunto indicador de una creciente animosidad contra las fuerzas del orden y, quizá, también contra el sistema institucional entero, no perceptible en las áreas más urbanas, pero sí en los sectores más deprimidos donde las reacciones suelen ser más desinhibidas.
El domingo último, dos móviles policiales acudieron a un llamado hecho desde el barrio Acuña Isí por la situación de una familia que ya no podía contener por sí misma a un hijo alcoholizado. La información señala que poco después de las 3 de la madrugada, los policías llegaron al lugar y se encontraron con un menor cuyo estado requería urgente asistencia médica, por lo cual solicitaron el envío de una ambulancia del Hospital San Juan Bautista, que habría llegado con alguna demora. En el intervalo, los impacientes familiares apedrearon los dos vehículos hasta que llegó la ambulancia y trasladó al adolescente hasta el hospital, donde quedo internado.
El nuevo caso añade un dato que le confiere otro matiz: esta vez la Policía no estaba en el lugar en función de un operativo contra delincuentes que quisiesen defender los vecinos, sino, por el contrario, para una acción favorable y solicitada por los atacantes, por lo que el gesto resulta incomprensible aun cuando respondía a un agudo grado de impaciencia por la tardanza de un socorro no exigible a la Policía.
La conducta de estos convecinos lleva a pensar, si el rechazo a las instituciones pareciese descabellado, en un estado de primitivismo más preocupante que el analfabetismo, la pobreza o cualquier otra carencia para las que existen programas estatales que están en plena vigencia. En una irracionalidad propicia para cualquier violencia y al alcance de quien quisiera aprovecharse de ella, por algún interés individual o sectorial.
El ataque a los propios benefactores es comportamiento extraño y sorprendente hasta entre los animales. No puede sino revelar un desorden de inmedible profundidad, de un resentimiento irredimible, de un nivel de deshumanización que clama por alguna terapia que no debiera retardarse.
Como las agresiones han sucedido contra la Policía, una vez más, resulta inevitable preguntarse si hay razón para que así sea. Si es ella la institución más deteriorada, o sólo paga el precio por ser la más expuesta, la que tiene la tarea menos simpática, la que, por fuerza, debe tratar con los congéneres menos hospitalarios y con los sorprendidos en las circunstancias menos prestigiosas.
A lo mejor, alguien podría observar que a una sociedad no le basta sólo un servicio de salud para la integridad física y mental de las personas individualmente consideradas. Que hay enfermedades sociales que exigen tratamientos cuyos destinatarios son sus sectores, esto es, sus barrios, sus estratos sociales, sus instituciones, sus grupos generacionales y sus influencias culturales.
Pero tal género de profesionales de la salud social, si existiese, sería probablemente inalcanzable para una provincia a la que no le es posible conseguir médicos en ciertas especialidades de la salud física. Esto, claro, en el caso que se diese por sentado que Catamarca es una provincia enferma, como más de una vez se oye decir.
Otra vez móviles de la Policía fueron apedreados en la periferia de la Ciudad.