EDICIÓN IMPRESA | EDITORIAL
Las ciudades no tienen otro rostro que el de cada uno de sus habitantes. Rostro –y, además, corazón- múltiple, por ello y contradictorio. Y no hay modo de romper la férrea unidad entre estos dos factores: la gente y su hábitat.
Como el perro más fiel que pudiera imaginarse, las ciudades van por detrás de la peripecia humana. Y, si se mira bien, se descubren, aquí y allá, los sectores y los momentos de exaltación, los instantes depresivos y, también, los destellos de la creación, los gestos de la resignación, los testimonios de la audacia y de la regresión de sus moradores.
Tal vez porque al nacer ya se las encuentra, se piense que la relación con ellas no sea sino la que vincula a los hijos con su madre. Pero las ciudades no son madres. Son hijas de su gente. De la que las vio nacer y crecer y de la que labra, en el presente, sus zonas luminosas y sus pozos oscuros. No están en condiciones de dar nada que antes no se les haya dado a ellas. Son la sangre colectiva, los sueños plurales, los extravíos colectivos. En síntesis, son los que sus habitantes y lo que fueron los del pasado.
Paradójicamente, son hijas que sobrepasan en edad a sus padres, a menudo en siglos; y a pesar de ello dependen del amor y dedicación paternos como el más débil de los niños.
Hoy, la Ciudad de San Fernando del Valle cumple 329 años, pero quizá no se sea exacto en el cómputo de sus cumpleaños. Porque, en realidad, había nacido antes, varias veces, con otros nombres y en otros puntos del mapa catamarqueño.
La historia habla de la ciudad de Londres de la Nueva Inglaterra, que fuera fundada por Juan Pérez de Zurita el 24 de junio de 1558, en el actual departamento de Belén, la que fue trasladada, después, a lo que hoy es Andalgalá, en 1561, y rebautizada como Nuevo Extremo. Tuvo la ciudad, en este tercer intento, vida por demás precaria. En 1607 se produjo la refundación de Londres, por Gaspar Doncel, a orillas del río Belén, y recibió el nombre de San Juan Bautista de la Rivera. Fue llevada otra vez a Londres en 1612, y adoptó el nombre de San Juan Bautista de la Paz. 20 años más tarde, por el gran alzamiento calchaquí fue refundada en Pomán, en 1633. El definitivo nacimiento se produjo el 5 de julio de 1683, pero recién en 1695 se trasladó a la ciudad la población, que residía en Las Chacras. La imagen de la Virgen del Valle fue con ella.
Si la ciudad es el reflejo de sus habitantes, ha de ser porque es mucho más que sus plazas y sus calles, porque, fundamentalmente, es su gente.
En el día del aniversario no habría mejor regalo para San Fernando del Valle de Catamarca que el propósito de contribuir a hacerla más grata, bella y acogedora.
La decisión de conocerla profundamente, en su realidad y su historia, en su posibilidad de desarrollarse, en su identidad irrenunciable, en el deslumbrante fulgor que le deben asegurar sus vecinos. En su condición, también, de hermana mayor de todos los centros poblados de la provincia.
San Fernando del Valle de Catamarca ya ha concluido su peregrinaje. Ya tiene raíces inamovibles. No hay excusas para no comprometerse con su futuro.