Opinion

Nacimiento tardío

EDICIÓN IMPRESA |

 Con todas las prudencias que la experiencia aconseja podría decirse que la normalidad en las escuelas retornará el lunes, después de haber llegado a un acuerdo la disputa salarial entre la Intersindical Docente ATECA-UDA-SADOP- y el Gobierno. Los dirigentes de estos sindicatos hicieron declaraciones a los medios dando cuenta de la satisfacción gremial por el final de las paritarias, al tiempo que aseguraron haber logrado la meta prefijada. “Se llegó al porcentaje que anhelábamos como sindicato y como Intersindical Docente”, destacó, complacida, la conductora de ATECA. Su par de UDA reiteró que se había obtenido el 30% y que, además, también se tuvo éxito en relación con la preservación del nomenclador único docente, por cuanto quedó fijado un valor del índice único para todo el escalafón.
Pero las prudencias aludidas al comienzo no tienen origen ni prejuicioso ni escéptico. La realidad gremial docente este año no se agota con la Intersindical. Le ha nacido un cuarto brote, autodenominado ADUCA (Asociación Docentes Unidos de Catamarca) y enfrentado con la Intersindical, que ya se ha promulgado en contra de las mejoras alcanzadas en las paritarias y dispuesto a continuar la beligerancia. Según este cuarto en discordia, es una “burla” y una “falta de respeto” que se haya aceptado que el aumento se pague “en minicuotas, cuestión que llevará a que el salario docente siga corriendo detrás de la inflación real del 28%”. Con respecto al Gobierno, afirmó que “sí tiene los fondos necesarios, pero no la voluntad de dar el verdadero aumento como se merece el sector docente y todos los trabajadores de la provincia”.
Asimismo, estos autoconvocados de la educación advierten que, “si es necesario, en octubre vamos a volver a salir, con todos los compañeros docentes, a pedir otro aumento, demandando a la Intersindical que acate lo que ellos están exigiendo”.
Sin embargo, hay motivos para suponer que la próxima semana permitirá el verdadero nacimiento de este accidentado año escolar 2012, al menos en lo que respecta a la presencia docente en las aulas. Y no habría razones para dar por descontado que la normalidad reencontrada irá más allá de la mera asistencia y que implicará una mayor inquietud por los frutos educativos, en medida que pueda contrarrestar las claudicaciones de los otros agentes de la educación -la familia, la sociedad y el propio Estado-.
Como todos, los educadores saben que los niveles educativos de los niños y adolescentes de la provincia son bajísimos, y que en las estadísticas esta tierra antaño mirada como educadora por antonomasia se ubica entre las de índices más vergonzosos. Y esta situación, sin duda, duele a todos, y de tal modo debiera doler, que no quedara ningún catamarqueño sin apasionada voluntad de modificarla de raíz.
Se habla mucho, por estos días, de inclusión. Pero no tanto de aquella que significa la inclusión de cada uno y por sí mismo en la responsabilidad que se tiene, en el mando que se ejerce, en el puesto en que se sirve, en el rol familiar que ha tocado en suerte, en el deber que interpela desde los infinitos ángulos del habitat personal y social. Seguramente el servicio educativo ha tenido en su interior y en su contorno demasiados autoexcluidos, sin dejar a fuera, por cierto, a los que concurren a aprender en sus escuelas.

El servicio educativo parece estar ya a un paso de su normalización.