Editorial

Lo más oscuro del calendario patrio

EDICIÓN IMPRESA | EDITORIAL

El aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 ofrece tantos motivos para la reflexión, que es imposible abarcarlo totalmente en una sola nota de obligada brevedad, pues lo que debe abordarse es casi una década de la historia argentina, añadidura el período más oscuro y doloroso, el más injusto y cruel.
Pero como la consigna es mantener el “Proceso” en el foco de la conciencia para no reincidir en ese horror –nunca como en estos años de nueva democracia se ha hablado tanto de la memoria-, conviene destacar aquello que sirva para asegurar la permanencia de un recuerdo que se quiere activo y que no siempre es traído a consideración en toda su realidad, sin duda, por el poder absorbente de la barbarie que caracterizó a esos años y que impone su recuento con fuerza irresistible.
Pero durante la última dictadura militar han ocurrido también otros fenómenos, menos traumáticos, pero igualmente perniciosos, aunque no ya en el orden de los padecimientos físicos. Por ejemplo, el de la pérdida de conciencia de los valores republicanos, no sólo en los sectores menos reflexivos, sino también en quienes hasta entonces habían sido demócratas activos, dirigentes partidarios o ciudadanos de acendrada participación cívica. A muchos de ellos la vida bajo el régimen autoritario les pareció natural y hasta se admiraron del demócrata que habían sido siempre en una época que ya creían totalmente superada. Sin este fenómeno –por cierto que jugaron también propósitos meramente utilitarios- habría sido impensable la colaboración con el régimen de tantos argentinos que por su posición en la comunidad y por su nivel intelectual se hubiesen creído inalterables.
Esa misma devaluación republicana permitió a no pocos protagonistas de la dictadura llegar o volver al poder, ya no por la fuerza, sino por el voto popular. Los catamarqueños no necesitan ejemplos, que también pueden hallarse a lo largo y ancho del país.
Lo que se ha apuntado refuerza la necesidad de recordar la experiencia de los “años de plomo”, pues no sólo hay que conseguir mantener el repudio a la provocada desaparición de personas, a la tortura sistemática, a la caza de brujas, al apoderamiento de hijos de los padres desaparecidos, a las mil formas de arbitrariedad, a la entrega de la riqueza nacional a las transnacionales, al despido de trabajadores del Estado motivado sólo por prejuicios ideológicos, a la cárcel injusta y temible.
Además, hay que condenar el retraso democrático causado por la ruptura procesista, retraso en materia de ideas pero también de ejercicio, pues las urnas fueron arrumbadas con la idea de que no volviesen a la vida civil de los argentinos.
El culto a la memoria, por ello, sólo encuentra justificación como una vía para la reeducación republicana. La otra vía, no menos inexcusable, es el buen ejemplo. No quedarán indecisos ni tímidos, en relación con el sistema que fija la Constitución Nacional, si los gobiernos actúan con rigurosa fidelidad a la ley. También el compromiso con el buen ejemplo debe quedar asegurado en el feriado del 24 de marzo.
Hay que hacer de esta jornada no un simple acto de memoria. Cabrían, asimismo, un examen de conciencia cívica sin concesiones y una inequívoca voluntad de progreso republicano. El 24 de marzo no debe agotarse con la rememoración de su espanto. Debe dar luz para apreciar las infinitas virtualidades del sistema pisoteado desde el primer minuto del “Proceso” y escarnecido por la “eternidad” de su diabólica vigencia.


En todo el país se recuerda hoy la irrupción del mal llamado Proceso de Reorganización Nacional ocurrida el 24 de marzo de 1976.