EDICIÓN IMPRESA | EL MIRADOR POLITICO. Aunque nadie lo admita, es notorio como la dirigencia política comienza a subordinar cualquier cuestión
Aunque nadie lo admita, es notorio como la dirigencia política comienza a subordinar cualquier cuestión a las maniobras de posicionamiento para el escenario preelectoral. Muy pocos saben si la gobernadora Lucía Corpacci seguirá la tradición radical de hacer los comicios provinciales en marzo o los ejecutará junto con los nacionales, pero se parte de la hipótesis de marzo, lo que significa que en poco tiempo más comenzará la pechadera clásica y lógica. En este marco se profundiza la proliferación de sellos, corrientes internas y apelaciones a padrinazgos nacionales en el universo peronisto-kirchnerista y los esfuerzos por unificar discurso y estrategia en la diezmada oposición radical después de que las líneas mayoritarias eludieran las internas para cargos partidarios.
Los roles se han invertido este año y el peronismo está en el poder. Sin embargo, se destaca la reproducción en el nuevo oficialismo de una metodología que se aplicaba en el viejo: el surgimiento de numerosos sectores internos que buscan visibilidad aparentando confrontaciones intestinas de alcance limitado, pues lo único que persiguen es el favor del dedo decisivo para las candidaturas provinciales o nacionales.
Lo particular bajo el Gobierno actual es la utilización de franquicias nacionales en estas internas de baja intensidad o simuladas. Esto es: el déficit de envergadura política y representatividad a nivel local intenta compensarse con la potencia que supuestamente proporcionan figuras nacionales. Es una ecuación de eficacia al menos dudosa, pero se adhiere a ella a falta de algo mejor. Y de ahí la sobreactuación de adhesiones y la obsecuencia rendida a personajes cuyo repentino compromiso con la provincia de Catamarca resulta sospechoso.
Desembarcos
En estas maniobras se inscriben desembarcos como el que el viernes protagonizaron los legisladores nacionales Daniel Filmus y Agustín Rossi y el vicegobernador bonaerense Gabriel Mariotto, entre otros, para abrir la ventanilla local de la Corriente Nacional de la Militancia, asignada al presidente de la Cámara de Diputados Néstor “Chicho” Tomassi.
Tomassi, por sí mismo, no está en condiciones de ejercer liderazgo político alguno en Catamarca, de modo que tratará de edificarlo con el empuje prestado por esta Corriente nacional.
No obstante, parece que Filmus, Rossi, Mariotto y el resto no son suficientes para atraer las masas esquivas al presidente de la Cámara baja, ya que fue preciso contratar barras de fútbol para nutrir la concurrencia al club Tesorieri y no defraudar a los distinguidos invitados. La jugada casi termina en tragedia por el enfrentamiento entre simpatizantes de clubes rivales en el colectivo que los llevaba al mitin, con un apuñalado como saldo. Tomassi espera, de todas formas, facturar a la hora de la repartija de espacios en las listas, acaso cobrar una poltrona en el Congreso nacional, como organizador de los festivales.
Unos días antes de esta movida, pudieron apreciarse las necesidades afectivas de los dirigentes locales con el arribo del ministro de Trabajo de la Nación Carlos Tomada, quien a cambio de unos programas recibió honores desmesurados.
Si hubiera que evaluar la relevancia de los auxilios a la Provincia por el trato dispensado a los auxiliadores, Tomada ha resuelto definitivamente los problemas catamarqueños. Pero no: la razón principal de la visita del ministro, pillín él, fue la apertura de otra boca de expendio “K”, denominada “La José Ber Gelbard” en honor al ministro de Economía del tercer Perón, que tuvo lazos con Catamarca. Para la ocasión, aparte de Tomada estuvo el diputado nacional Marcelo Fernández, a quien los catamarqueños no tenían el gusto de conocer. Entre la concurrencia al acto, mucho más coqueto que el de Tesorieri, hubo reconocidos proveedores del Estado cuyo aporte a la producción provincial es una incógnita.
Reiteración
La intención de estas “mise en escéne” montadas por dirigentes locales son evidentes sobre todo porque carecen de originalidad. El peronismo recordará las interminables discusiones que se desataban por las disputas entre los bandos de don Vicente Saadi, don Antonio, de los Rosales, que siempre parecían furiosas pero, en definitiva, constituían una estrategia para que todos estuvieran dentro del mismo redil. De este modo se acotaba significativamente el margen de acción para que se consolidara una oposición real, dentro o fuera de la facción oficialista. Y si alguno se la creía, bastaba que los jefes pegaran una zapateada para que todo retornara al cauce.
El método se repite, pero degradado. Delata la inconsistencia de base de las últimas movidas el entusiasmo local por la presencia de dirigentes nacionales cuya relevancia, a su vez, deviene del alineamiento acrítico y automático con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Será un signo de los tiempos, pero no es agradable ver a políticos locales reducidos al rol de comparsas o desesperados por agradar como si fueran fanáticas adolescentes.
Ocurre que se invierten los términos de la construcción política. En vez de edificar consenso y prestigio a partir de la acción política y la coherencia, se hace al revés: se obtiene una franquicia para desde ella empezar a cosechar clientes y traficar en palacio.
Esta táctica de acumulación tal vez arroje algún rédito a los cazadores de franquicias, pero no contribuye de ningún modo a ampliar las bases de sustentación social de un proyecto. Por el contrario, las erosionan al reemplazar la movilización y la militancia genuinas por enjuagues de burócratas y acomodaticios.
La película “¡Ay, Juancito!”, del director Héctor Olivera, con guión del mismo y del filósofo y escritor José Pablo Feinmann, se basa en la vida de Juan Ramón Duarte, hermano calavera y protegido de Evita, secretario privado de Perón. Hay una escena ilustrativa. Evita está muriendo estragada por el cáncer y le acercan a Perón diferentes iniciativas para enaltecerla: la designan Abanderada de los Humildes y Jefa Espiritual de la Nación, proponen hacer monumentos de ella en todas las plazas del país y uno faraónico en la Plaza de Mayo, le otorgan la Orden del Libertador, dicen que jamás habrá un escritor con el genio necesario para escribir su historia... Perón sólo escucha. Juan Duarte, destrozado por la agonía de su hermana, se emociona hasta el borde del llanto: son las expresiones de amor del pueblo, dice; es la gloria que merece Evita. El General le responde, seco y duro: Si, Evita merece la gloria. Pero esto no es el amor del pueblo; son las alharacas de los adulones y los alcahuetes.
La mayoría de las veces, adulaciones y alcahuetería no manifiestan consenso, sino la especulación de los que pretenden crecer colgados del saco, o las polleras, de quienes tienen el liderazgo.