EDITORIAL

El peor déficit adolescente

EDICIÓN IMPRESA | EDITORIAL. Debe admitirse que los adolescentes son hoy la franja social...  

Debe admitirse que los adolescentes son hoy la franja social más cuestionada cuando se comenta la decadencia de los comportamientos relacionados con las “buenas costumbres”. Y se está predispuesto a pensar que allí donde hay adolescentes, los controles deben ser más prolijos. Se los ve como una amenaza y todas estas actitudes adultas terminan favoreciendo su inclinación natural a constituirse en grupos de pares cada vez más aislados.
No faltan voces que los defienden de lo que estiman que es producto de un prejuicio adulto supuestamente derivado del desconocimiento de los rasgos psicológicos de la personalidad adolescente y la falta de idoneidad y voluntad para acompañar a unos convivientes tan singulares y cambiantes.
La principal institución relacionada con los adolescentes es seguramente la escuela. Y, en verdad, de lo que cuentan quienes deben educarlos surge una imagen deprimente, agudizada en los últimos años por sus manifestaciones violentas, por su irreverencia, por su indiferencia ante el conocimiento y las normas que rigen en las escuelas.
Aunque estas apreciaciones no pueden aplicarse a todos y tal vez ni siquiera a la mayoría, ni a todos los establecimientos con la misma intensidad, lo cierto es que la impresión general sugiere que las escuelas secundarias son un escenario inestable, tenso, siempre propenso a algún desorden o estallido.
Tan internalizada está aquella imagen, que no asombran los “progresos” de las corrientes malsanas cuando trasciende algún nuevo comportamiento negativo. Como si se creyera que en los centros educativos de adolescentes todo fuera posible.
Días pasados, se supo que en una escuela del barrio Altos de Choya, se sorprendió a dos alumnas con sendas botellas de bebidas alcohólicas que intentaban ocultar. La noticia agrega que las causantes fueron conducidas a la Comisaría Cuarta, donde permanecieron solo unos minutos, antes de ser restituidas a sus padres.
Desde luego, no es la escuela el único ámbito en que se manifiestan las audacias adolescentes. Se ocupan de ellas las fuerzas de seguridad, los responsables de la normalidad vial y los centros de salud. Y en todos estos espacios existe preocupación por la generalización y agudización de esos comportamientos.
Lo inquietante es el hecho de que la asistencia estatal a este segmento social no va más allá de la que se brinda a todos los demás y se limita a lo estrictamente material, que es mucho pero que no basta. Queda sin cubrirse lo demás, esto es, lo formativo, las costumbres, la verdadera socialización, el sentido moral. El reciente conocimiento de que hubo alumnos que usaron las computadoras provistas por el Estado como moneda de cambio para adquirir estupefacientes y este otro de las dos alumnas descubiertas con bebidas alcohólicas en el recinto escolar señalan con una claridad avasalladora que es grande el déficit moral entre los adolescentes de la ciudad. Que la desorientación clama a gritos una decidida acción comunitaria a favor de quienes son el blanco más buscado por los personeros de las lacras más temibles que hoy infestan el mundo, incluida Catamarca.


Lo inquietante es el hecho de que la asistencia estatal a este segmento social no va más allá de la que se brinda a todos los demás y se limita a lo estrictamente material, que es mucho pero que no basta.