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De alguna manera, San Juan Bautista fue un periodista ejemplar, aunque no se tenga noticias de que no se haya reparado en tal condición de este santo que es, por más de un motivo, singular. Periodista paradigmático, no difundió su verdad personal, ni un parecer caprichoso y discutible, ni juicios motivados por estados de ánimo. Fue vocero –así se dice hoy- del Poder Supremo y no consumió su tiempo en la frivolidad de los asuntos menores, ni en la vanidad de lo meramente pasajero.
Servidor de un Padre exigente, nadie, salvo Cristo, tuvo mayor autoridad que él para anunciar el mensaje fundamental, referido al principal negocio de los hombres, el relacionado nada menos que con su último destino y con el sentido de la existencia.
Refiere el evangelista San Lucas que “el año décimoquinto del reinado del emperador Tiberio… Dios dirigió su Palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto”. Y que por esto “comenzó a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”.
Con estilo abrasador, increpaba a las muchedumbres que se le acercaban, diciéndoles: “Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca?... El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego”.
Pero no se limitaba a la reconvención, sino que, además, orientaba, respondiendo así a la consulta de sus receptores: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene ninguna; y el que tenga qué comer, haga otro tanto”.
Si el nacimiento de San Juan Bautista fue prodigioso –recuérdese que sus padres eran ya viejos, que su madre era prima de la Virgen María; que el anciano Zacarías, su padre, recobró el habla de que había sido privado por su desconfianza ante el anuncio de que tendría un hijo; que Juan dio brincos en el seno de su madre cuando María visitó a su prima Isabel-, su muerte no pudo ser más dramática muestra de lo que puede suceder a quienes en la defensa de la justicia se atreven a denunciar las fealdades de los poderosos de este mundo.
San Juan Bautista fue fiel a la misión impuesta, misión que su padre oyó de labios del ángel Gabriel cuando le fue anunciado el nacimiento de Juan: “él será grande ante los ojos del Señor, no beberá vino ni bebida alcohólica alguna, estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios, precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías para reconciliar a los padres con los hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando, así, para el Señor, un pueblo bien dispuesto”.
Como si todo esto no bastara, hay que decir, de San Juan Bautista, el Patrono de Catamarca, que ningún mortal recibió de Jesús un elogio mayor: “les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista”.
Este es el santo de los catamarqueños. El protector otorgado por la Providencia para acompañar, no sólo a la Capital sino a la provincia entera, en el arduo camino de la salvación personal y en la búsqueda del desarrollo integral que debe incluir a todos, tanto en el goce de lo conquistado como en el esfuerzo por lograrlo.