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El niño ideal, abstracto, belleza e inocencia absolutas y atracción irresistible para todos los ojos, para todos los desvelos y todas las atenciones es, por desgracia, ilusión cada vez más vaporosa. El niño tampoco es, como gusta decir a la literatura, justificador de toda esperanza, simiente de la humanidad distinta, esa Tierra Prometida por la que suspiramos como los israelitas de Moisés en el camino del desierto.
Por el contrario, es terrible ser humano concreto que mira a los hombres desde su posición de víctima de las infinitas omisiones y maldades adultas. Los escruta desde Sarajevo, desde Ruanda, desde Haití, desde las villas miserias de todos los arrabales del mundo, desde el desamparo de las zonas deprimidas de la propia patria, de la propia provincia y de la propia ciudad o pueblo; desde los bolsones de necesidades esenciales insatisfechas que muestran su fealdad injusta aun en medio de las mansiones opulentas de las grandes ciudades, desde la tristeza de los hogares desechos o agitados por tensiones interminables, desde las escuelas indiferentes o impotentes, desde los vientres que los rechazan como intrusos, desde la violencia que los agravia en el cuerpo y en el alma una vez salidos a la luz de este mundo, creado, en teoría, para paraíso en que pudieran resplandecer, sin nubes, como enviados del amor, de la gracia, de la belleza originaria de los hijos.
Resulta difícil circunscribirse a la celebración convencional del Día del Niño a menos que se pensara que los hijos directos, bien alimentados, bien vestidos y amados conforman la infancia total, y, al menos también, que se creyera que estos hijos de la propia carne tienen los padres ideales y viven y se forman en comunidades en que nada quedara por hacer y en que no estuvieran al alcance de las aberraciones de estos tiempos.
Es mundialmente conocida una fotografía que es una estremecedora metáfora: un niño negro acosado por el hambre, la enfermedad y el abandono, sentado a la intemperie, mientras un ave de presa aguarda, a sus espaldas, que la muerte termine de derrumbarlo para apoderarse de sus despojos. Pero no es la única imagen aterradora que han producido las catástrofes del siglo pasado y presente. El horror ha hecho ver sus incontables rostros de los escenarios de la guerra, en los sitios en que estalló la locura terrorista, en las aldeas africanas donde morir parece ser una consigna, en los pueblos sometidos por gobiernos desalmados. En todos estos territorios del Apocalipsis hay niños, que mueren, que se quedan sin padres y sin familias o que adquieren, para siempre, mutilaciones corporales y psicológicas.
¿Habrá que negarse, por todo esto, a homenajear a los hijos? ¿Habrá que convertir esta fecha en jornada penitencial y condenar a los niños propios a expiar por el dolor de sus semejantes?
Diríase, más bien, que éste debiera ser día de reparación. Para los niños, jornada de la mayor felicidad posible. Para los adultos, de serena reflexión, de constructiva actitud que convierta a todos en colaboradores comprometidos con la transformación de las condiciones desfavorables que padecen, en diferente medida, incluso los niños que protege el propio techo y que se sientan a la propia mesa.
La de hoy es jornada propicia para renovar el amor a todos los niños y para comprometerse en la construcción de una sociedad en que puedan crecer con bien y felicidad.