EDICIÓN IMPRESA | EDITORIAL
Desidia del poder y del llano
Con respecto a la basura, los catamarqueños de la Capital muestran dos particularidades ciertamente enfermizas. Una convivencia por demás pacífica con ella y, además, una no menos curiosa predisposición para exhibirla ante propios y extraños.
A esta conclusión podrían llegar los turistas con interés de captar la idiosincrasia de la gente de los lugares por donde pasan. El hallazgo no sería demasiado difícil, porque la basura impresiona como especialmente instalada para recibir la mirada de los que transitan por las calles y avenidas, incluidas las que son parte de circuitos turísticos, tales como las que conducen hasta la Gruta de la Virgen del Valle, el Parque “Adán Quiroga” y la Cuesta del Portezuelo. Tampoco están libres del bochornoso complemento el Predio Ferial y el Centro Administrativo del Poder Ejecutivo (CAPE), mejor dicho las vías que llevan a ellos y sus adyacencias.
El organismo responsable de la limpieza de la ciudad culpa a los vecinos que acumulan los residuos domiciliarios en cualquier parte y de cualquier manera y hasta en los días en que saben que no pasan los recolectores municipales. Y los vecinos replican que el servicio de recolección no se cumple regularmente fuera de las cuatro avenidas y que no es raro que transcurran varios días en que los desperdicios permanecen bajo los efectos del sol y de las incursiones de perros y alimañas.
Una nota de El Ancasti de ayer detalla que “en el caso del camino a la Gruta de Choya, existen, por lo menos cinco basurales formados a pocos metros de la avenida Virgen del Valle, desde la avenida Los Terebintos hasta llegar al lugar donde está la réplica de la imagen”. Y agrega que “hay en la zona caminos de tierra que van por dentro del monte, que sirven para que los vecinos inescrupulosos arrojen ahí desde escombros de una obra hasta lavarropas viejos, chatarra y todo tipo de basura domiciliaria”.
Por otra parte, se apunta que un verdadero “paseo de la basura” se abre desde la rotonda ubicada detrás del Club Hípico, por un camino que corre paralelo a una calle de tierra que contacta el Parque “Adán Quiroga” con la avenida México…”
No sólo los capitalinos de agudeza sensorial privilegiada se conectan por medio de la vista y el olfato con tales emergentes de la desidia del poder del llano. Cuantos recorren esas áreas pueden dar fe de que lo que se ha señalado es verdad purísima y humillante.
Pero no sólo humillante, sino también peligrosa, porque tan omnipresente suciedad es hospitalaria convocatoria para los vectores del dengue, harto conocidos de los catamarqueño, y cualquier otro vector que necesita para vivir y multiplicarse precisamente la carroña y las otras “delicias” de los basurales.
Sin duda, se impone la necesidad de una enérgica actitud colectiva contra la basura.
Los especialistas sabrán cómo habrá que hacer para producir el cambio de lo que se ha supuesto una alteración psíquica de los vecinos de la ciudad. A los no especialistas, por cierto menos sutiles, lo primero que se les ocurre es el método del rigor, esto es, de la vigilancia y el castigo para los que no asumen las más elementales responsabilidades sociales. La otra vía de la persuasión ya se ha intentado excesivamente y con resultado nulo.
La necesidad de promover el turismo y la salud reclaman la eliminación de los basurales que afean la ciudad.