EDICIÓN IMPRESA | EDITORIAL.
Tan sorprendentemente como el paisaje de los desiertos en las épocas de las grandes lluvias, las localidades más remotas de la provincia irrumpen desde su habitual estado larval, pero no con el lujo vegetal y animal con que asombran los renacimientos del desierto, cada vez que los ríos, en el verano, adquieren volumen y fuerza extraordinarios y caen sobre las poblaciones con furia exterminadora.
Como apoderándose de los espacios cartográficos, abandonan su rutina de inexistente perfil y gritan sus nombres con tal energía, que nadie puede dejar de oírlos, menos los poderes públicos de la provincia, enajenados, como se sabe, por las prioridades que, en los hechos, no los incluyen, salvo en la época en que el exceso pluvial provoca rugidos que se oyen en todo el país -la televisión nacional se preocupa por divulgar estas crisis y hasta logra entre sus consumidores, solidaridad para sus afectados- y que no dejan espacio para indiferencias.
De este modo, saltan al conocimiento del país –y de la generalidad de los catamarqueños, debe reconocerse- los nombres de Tatón, La Ciénaga, Las Papas, Medanitos, Chuquisaca, Río Grande, La Puerta, Aguas Negras y Punta de Agua, todos distritos del departamento Tinogasta, que están ahora aislados y a la espera de que cese el agua de las nubes y que pueda llegar desde fuera de la zona "minada" la ayuda que cada minuto se necesita con mayor urgencia.
Otros nombres que la situación a que se está haciendo referencia ha dado relieve nacional son los de Villa Vil, El Durazno y Puerta de Corral Quemado, del norte del departamento Belén, a los que deben agregarse los de los ríos Quimivil y Los Nacimientos, cuyo caudal dificulta el tránsito. Y los que nombran a los ríos santamarianos Yape, Andalhuala y Ampajango.
Donde el panorama es más inquietante es en Tinogasta, específicamente en la zona perteneciente a la Municipalidad de Fiambalá; cuyo Intendente requirió al ministro de Gobierno el envío de un helicóptero, por considerar que es el único medio para efectuar la evacuación de la población de las localidades aisladas, que podrían resultar arrasadas por el agua de los ríos desbordados.
También pidió maquinaria para abrir cauces y evitar que los aludidos ríos se lleven las construcciones y los cultivos.
De lo dicho en las primeras líneas se deduce que no se podría hablar de la realidad adversa de estos días como de un contratiempo imprevisible, sorpresivo, inimaginable. Con las diferencias de grado que cada reiteración entrañas, estos sustos estivales son de puntualidad admirable. El aislamiento, la dificultad para contar en los lugares con la ayuda alimentaria y de todo género que necesitan las poblaciones se evitarían o reducirían en proporción significativa si se construyesen, de una buena vez, las obras públicas de las que se habla desde hace tiempo, como, por ejemplo, el puente sobre el Río Abaucán, que no se concreta pese a figurar en los presupuestos.
Por la importancia que se asigna a este puente en Tinogasta, podría concluirse que será realidad en un futuro no lejano, pues la gobernadora Lucía Corpacci se manifestó resuelta a reivindicar el interior de la provincia, desde siempre postergado.
Lo mismo deberían esperar los otros departamentos, cada uno de los cuales tiene sus propios problemas y sabe cuáles son sus soluciones.
Santa María, Belén y Tinogasta sufren los embates de sus ríos desbordados de todos los veranos.